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magia con sal
Mar 16 Feb - 5:43 por Nemesis
No sabemos en qué momento de la historia de la humanidad la sal pasa a ser un bien preciado, y mucho menos un elemento mágico o de culto. Podemos imaginarnos que un prehistórico antepasado descubrió por casualidad algo blanco y brillante en las rocas de la costa que visitaba asiduamente. Tal vez lo tocó y al llevárselo a la boca comprobó su sabor anómalo. Pero de ahí a poder determinar la inclusión de sal en el tratamiento de los alimentos o como elemento purificador y crepitante en una hoguera, seguramente tuvo que haber un gran paso.
Sabemos, por ejemplo, que en África existían numerosas rutas comerciales de especias, oro y sal hacia el 1000 a.C. Toda la zona sahariana era rica en yacimientos de sal. Las tierras ocupadas por los actuales países como Argelia, Marruecos, Libia, Túnez, etc., comerciaban con alejadas tierras como Egipto o Irán, lugar este último en el que encontramos dos grandes desiertos: el Dasht-i-Lut, cubierto de arenas y rocas, y el Dasht-i-Kavir, cubierto en su mayor parte de sal. No debe de extrañarnos que una parte importantísima de hechizos y sortilegios con la sal como protagonista proceda de lugares como los citados.
Muy lejos de allí, en Australia, los aborígenes ya conocían grandes salinas en el centro y sur de la Gran Cuenca Artesiana (lagos Eyre, Torrens, Frome y Gairdner), que son los restos de un vasto mar interior. Sabemos de la utilización de la sal en culturas como la australiana y oceánica en la conservación de cadáveres, que generalmente eran ahumados o salados en rituales religiosos y mágicos para su buena conservación.
Por su parte, entre el 700 y el 500 a.C., se hace patente que para los habitantes de la cultura del Hallstatt, ubicada en el centro de Europa y extendida hasta el mar Báltico y el Mediterráneo, la sal era un bien muy preciado. De hecho, su riqueza principal se basaba en la sal que extraían de las montañas próximas a sus poblados.
Las minas de Hallstatt estaban cavadas en la tierra a modo de pozo que llegaba a alcanzar los 400 m de profundidad. En estas zonas se han hallado numerosas huellas de actividad minera. Los restos más destacables son galerías apuntaladas con vigas de madera, instrumentos de minería como las antorchas que se usaron para iluminar los oscuros pasillos y contenedores de madera que eran recubiertos de pieles y servían para albergar las grandes cantidades de sal que luego se extraían al exterior de la mina.
Cabe destacar que la cultura Hallstatt nos ha legado también todo un sistema de vida y religión muy ligado a lo que actualmente denominados celtas. Sabemos, por ejemplo, que los magos de los celtas eran los druidas y que conocían ciertas secretos sobre la conservación de cadáveres, para los que también empleaban la sal como un elemento más.
Desde un punto de vista económico, vemos que la evolución de la sal fue notoria con el paso del tiempo. En el pasado tuvo un gran valor, y su posesión era a menudo considerada como signo de prestigio social o valía económica. Fue moneda de cambio común en casi todas las rutas los mares Egeo, Adriático y Mediterráneo, siendo objeto de impuestos y tributos en los países asiáticos desde épocas remotas. Al parecer se utilizó también como dinero en Tíbet y Etiopía. De aquel comercio y valor de la sal tenemos una herencia lingüística, el término «salario», que indica el precio pagado por la realización de un trabajo. La palabra «salarium» es el vocablo latino que aludía a la asignación de sal que se entregaba a los soldados que servían en el ejército romano como una parte de la paga por sus servicios prestados.


Mistica y simbolismo de la sal

Desde épocas prehistóricas la sal ha sido fundamental como elemento en los ritos religiosos de prácticamente todas las civilizaciones, incluyendo la griega, romana, hebrea y cristiana.
En el Anticuo Testamento encontramos una mención muy importante en referencia al poder, en este caso negativo y destructor de la sal: la historia de la mujer de Lot. Según el libro sagrado, Lot (hijo de Harán), y su tío Abraham (padre del pueblo judío) vivieron juntos durante varios años hasta que el crecimiento de sus rebaños y la carencia de pasto les obligó a separarse. Tiempo después, cuando Lot se encontraba en Sodoma (ciudad que junto a la de Gomorra se supone que estuvo ubicada en el actual Mar Muerto), fue hecho prisionero. Tras ser rescatado por Abraham, los ángeles le anunciaron que, en breve, destruirían la ciudad, por no ser grata a los ojos de Dios dado el comportamiento de sus habitantes.
Cuando las entidades celestes le indicaron que él y su familia se salvarían si huían por tener un corazón puro, sólo le imponen una condición: que bajo ningún concepto debe mirar hacia atrás y, como se nos dice en Génesis 19: «Entonces llovió Jehová sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura con todos los moradores de aquellas ciudades... Entonces la mujer de Lot miró a espaldas de él y se volvió estatua de sal».
La sal ha estado directamente relacionada con los dioses, así vemos que en el sermón de la montaña Jesucristo denomina a sus discípulos como «la sal de la tierra». En Mateo 5,13 leemos: «Vosotros sois la sal de la tierra: y si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?».
Para los cristianos, Jesús estaba considerado como «la sal redentora que penetra el cielo y la tierra» y al igual que a la sal, a Jesús se le atribuye y compara con los atributos de la sal, pues se afirma que él tiene toda la fuerza y el sabor, al tiempo que es el verdadero protector contra la corrupción. Dicho de otra forma, como la cal es capaz de conservar y preservar de la podredumbre. La sal simboliza la incorruptibilidad, y es por esta razón que la alianza de la sal designa una alianza que Dios no puede romper.
Siguiendo en este viaje por las creencias y la sal, vemos que para los antiguos hebreos era un elemento sumamente importante. Todo rito u ofrenda debía estar presidido por la sal como sustancia consagradora. El Levítico 2,13 menciona la sal que debe acompañar a las oblaciones: «Y sazonarás toda ofrenda de tu presente con sal; y no harás que falte jamás de tu presente, la sal de la alianza de tu Dios».
La sal es divina para muchas culturas, pero no debemos ver en ello una interpretación de carácter idolátrico, sino simbólico. Al ser aglutinadora y considerarse como una manifestación de Dios, se convierte también en alimento que purifica, que libera el alma y conduce correctamente al espíritu. El filósofo judío Filón de Alejandría nos acerca a esta realidad purificadora de la sal. Se refiere a ella cuando menciona el alimento de los terapeutas en el día de la festividad judía, el Sabbat. Filón manifiesta que existía un preparado especial, un alimento casi mágico compuesto de pan, sal de hisopo y agua clara que, supuestamente glorificaba el alma.
Según narran numerosas leyendas el poder de la sal reside, precisamente, en su carácter divino. Por ejemplo, en algunos mitos sirios se nos dice que los dioses, deseosos de premiar a los hombres, les entregaron la sal enseñándoles a usarla para tener mejor calidad de vida y conservar sus alimentos. Para algunas tribus del Himalaya, los dioses entregan un tesoro de sal únicamente a quienes son puros de espíritu, ya que dicha condición es esencial para ser merecedor de tan preciado bien.
Lejos de oriente, en el continente europeo, vemos que la antigua diosa lituana Gabija, considerada como señora del fuego sagrado, recibía ofrendas de sal que esparcía sobre las llamas de las hogueras prendidas para su adoración. Este acto ritual pretendía devolverle a la diosa lituana una parte de la sabiduría y fuerza que ella había otorgado generosamente a los humanos.


Un poder especial
Probar aunque sea una pizca de sal es una manera de purificarse. Los chamanes siberianos tiraban puñados de sal al aire para que cayeran sobre sus cabezas cual lluvia desintoxicante. Lo ideal en este acto era que una pizca de sal cayese en sus bocas, ya que degustar la sal les permitía purificarse internamente.
El alimento de la sal también fue adoptado por los cristianos en los ayunos, evocándose en la liturgia del bautismo. Para aquellos creyentes consumir sal común tenía una relación directa con el valor simbólico de la comunión. Era como crear un lazo invisible de unidad para con el resto del grupo. Un imaginario lazo fraternal que favorecía cualquier tipo de pacto o intención. Por su parte los pueblos hebreos, árabes y griegos consideraban que compartir la sal era un símbolo de hospitalidad y amistad y, además, fortalecía las relaciones y la veracidad de los compromisos, ya que consideraban que el sabor de la sal era tan indestructible como sus palabras y propósitos.
La dualidad de la sal como símbolo conservador y destructor se aplica tanto a las transmutaciones morales como a las físicas. Los romanos, tras la destrucción de Cartago, esparcieron sal por todos los campos que rodeaban la ciudad con la finalidad de volverlos estériles y áridos para siempre. Prueba de la dualidad mencionada es que, a su vez, en la antigua Roma se ponía sal en los labios de los lactantes para protegerles de cualquier peligro.
En la India, la sal era considerada como un potente afrodisíaco, estando prohibida a los matrimonios jóvenes y a los ascetas. Los brahmanes debían ser muy selectivos en su uso y éste estaba limitado a ritos de sacrificio muy específicos.
Desde el punto de vista de la brujería, se afirmaba que los demonios abominan la sal. Existen todo tipo de leyendas, algunas relativamente recientes, que señalan que en el «sabbat de las brujas» o aquelarre, a la hora del banquete ofrecido en comunión todos los manjares de la mesa habían sido cocinados sin sal.
La virtud protectora de la sal queda patente en las ceremonias sintoístas, cuyo culto es practicado por buena parte de la sociedad nipona. En uno de los libros sagrados, el Kojiki, en uno de los textos más antiguos sintoístas se nos explica que el kami (ser noble que puede vivir en planos sobrenaturales) Izanaki-no-Mikoto acude al estrecho de Tachibana para purificarse en el mar con agua y sal, pues volvía de visitar a su mujer en los infiernos.
En el Japón actual pervive la creencia de que la sal es una potente purificadora, particularmente la que se halla disuelta en estado natural en el agua de mar. Todavía hoy se mantiene viva la tradición japonesa de colocar a diario montones de sal en el umbral de la casa. La creencia indica que al hacerlo se purifica el hogar y se aleja de él a todo elemento perturbador. Esta práctica se realiza también en pozos que pueden estar poblados por demonios y en aquellos lugares que quieren mantenerse como espacios sagrados como el suelo tras las ceremonias funerarias.
Una antigua costumbre japonesa muy extendida en varios lugares de Europa consiste en fregar el suelo de la casa con agua salada tras la partida de una visita poco recomendable.
Curiosamente, la sal también es protagonista en el ámbito del deporte nipón. El Sumo es una de las artes marciales más antiguas del Japón y se acompaña siempre de un gran ritual sagrado. Una de las manifestaciones de dicho ceremonial es el desarrollo del rito de purificación sintoísta previo al combate. Consiste en que dos campeones, después de estirar y flexionar los músculos, cogen puñados de sal y la esparcen en cada uno de los ángulos del terreno de lucha. La finalidad es evidentemente purificadora, pero además la sal es un reclamo para que la lucha se desarrolle con limpieza y lealtad a las normas.



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