La queja se da cuando alguien siente que no recibe lo que le corresponde y, aunque socialmente las cosas le vayan bien, encuentra alguna razón para estar mal. Las quejas han empezado a abundar, precisamente cuando las personas tienen las necesidades básicas cubiertas y poseen excedentes (de más o menos tiempo y dinero).
Si observamos lo que ocurre a nuestro alrededor, vemos que estamos asistiendo a una queja continua, y los chismes y las críticas forman parte de las relaciones cotidianas. Parece que se haya declarado una especie de “guerra blanda”, de todos contra todos.
Así, por ejemplo, en el ámbito educativo, el niño se queja de los profesores y de los padres; éstos de sus hijos y del profesorado; y éste lo hace del alumnado, de los padres y de la Administración educativa.
Te has dado cuenta de que la mayoría de las quejas no se canalizan en la dirección de resolver los problemas, sino que quedan en una especie de “entretenimiento”, sin salida, que se repite día tras día? Por tanto, ante un problema, en lugar de recurrir a la queja, lo más saludable está en poner la energía en mirar de solucionarlo, y si no se puede resolver o no está en nuestra mano hacerlo, aprenderemos a convivir con ese problema y veremos los posibles beneficios que dicha situación puede aportarnos.
También necesitamos asumir que lo que uno siente no lo traen las personas, las situaciones o las cosas, sino que dichas emociones ya están previamente en uno y se activan en determinadas circunstancias. Por tanto, nos corresponde tomar la responsabilidad de la gestión de nuestras emociones y no responsabilizar a los demás de las mismas. Para ello se requiere aceptar que existen dos ámbitos: el social y el psicológico y, como cada uno funciona con reglas distintas, no procede establecer relaciones de causa-efecto entre el uno y el otro.
¿CÓMO GESTIONAR LAS QUEJAS PROPIAS Y LAS AJENAS?
Cuando alguien se queja de forma continua está teniendo algún beneficio, ya que si no ocurriera así, habría dejado esa conducta tras los primeros intentos. Por tanto, conviene observar qué se esconde tras la queja.
En bastantes casos está en juego conseguir más poder. Quien se queja suele adoptar el papel de víctima y desde esa posición pretende dominar (de forma blanda) a otros. Para ello se compara y responsabiliza a la pareja, a los hijos o a los compañeros de las dificultades o de si se siente mal. A veces intenta llevarlos a la culpa o a que se sientan poco valiosos para, así, conseguir que hagan lo que él o ella desean.
Asimismo, se puede ver ese intento de dominio o de quedar por encima de otro cuando, por ejemplo, uno está contando un problema que vive, e interviene otro restándole importancia al mismo y, seguidamente, empieza a enumerar una gran cantidad de incomprensiones y desgracias que le acechan.
Los niños suelen usar la queja para ver a quién dan la razón los padres o los profesores. Si un niño tiende a quejarse de su hermano a su padre y éste le da la razón, dicho niño saldrá “crecido” y con más poder sobre el hermano.
También se utiliza la queja para recibir atención. Esta forma la suelen utilizar más los niños, pero las personas adultas la usan igualmente con la misma finalidad.
Si me planteo acabar con los “juegos psicológicos” que conlleva la queja, necesito, entre otras cosas, lo siguiente:
Cuando alguno de los cercanos recurra al “victimismo” como forma de estar en la vida, aunque se queje y diga que está mal, estaré atento para no caer en sus “trampas”. Al no mostrarme colaborador con su estrategia, poco a poco la irá dejando al comprobar que no le funciona.
Dejaré de quejarme y no seguiré la dinámica de quienes se quejen. Ante una dificultad intentaré concretar el problema existente, distinguiendo con claridad dicho problema, del sufrimiento que se activa en mí con él, ya que cada uno de esos aspectos tiene un camino de solución distinto.
Haré un trabajo de reeducación emocional orientado a disolver sufrimientos, pues detrás de cada queja se esconden: poca estima, miedo, celos, amargura...
Saldré del dominio y la sumisión en las relaciones, para ello requiero tener: respeto, tolerancia emocional, pactar, compartir, no usar el imperativo...
Por último, preciso aprender a pedir lo que necesito de forma adecuada: atención de calidad, participación...
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