Cada uno de nosotros toca un instrumento único en la orquesta de la vida. Si ejecutamos nuestra parte sin observar al director o al resto de la orquesta tendremos un caos total. Si intentamos obtener nuestra pautas solo de los que nos rodean, será imposible lograr la larmonía. Sin embaro, si observamos al director( nuestra intuición) y seguimos su dirección, podemos experimentar la alegría de tocar nuestra partituras única y, al mismo tiempo, tener la experiencia de formar parte de un todo armónico mayor.