Edgar Allan Poe dijo: “Ninguno de los incidentes que pueden ocurrir en el curso de la existencia humana es tan propicio para inspirar el sumo dolor físico y mental como verse enterrado en vida”.
Cuentan que el célebre escritor Hans Christians Andersen nunca se iba a dormir sin colocar en la cabecera de su cama un cartel en el que se podía leer: “Me encuentro sólo en animación suspendida”. Incluso que, días antes de su muerte, Andersen pidió a un amigo que cuando le abrieran las venas para constatar realmente que aquella se había producido. El mago de la literatura de terror, Edgar Allan Poe (1809-1849), relató en su cuento “El entierro prematuro”, el horror de ser enterrado vivo: “La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad… Estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno”.
El miedo a ser enterrado vivo fue una constante en Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX. La arcaica ciencia médica de la época y las constantes pestes y enfermedades contagiosas hacían posible que seres humanos fueran enterrados con vida. Para evitar que esto ocurriese se extendieron por los cementerios europeos mecanismos de seguridad que permitían que el desgraciado que hubiese sido enterrado vivo pudiese pedir ayuda. El más común era ubicar una campana al lado de la sepultura que los no-muertos pudiesen hacer sonar desde su ataúd. Desde el siglo XVII se popularizaron en Alemania, Francia, Portugal y otros países los llamados “hospitales” o “casas” de muertos, instalaciones situadas en los alrededores de las grandes ciudades en las que se dejaba pudrirse a los cadáveres durante días con el objetivo de asegurarse de que estaban realmente muertos.
El estado de muerte aparente es una enfermedad conocida con el nombre de catalepsia. Es un síndrome nervioso caracterizado por la pérdida de la movilidad voluntaria y rigidez plástica de los músculos. Las funciones circulatorias, respiratorias y digestivas disminuyen hasta hacerse imperceptibles, motivo por el cual puede caerse en la equivocación de que la persona afectada ha fallecido. El estado cataléptico puede aparecer como síntoma de la epilepsia, narcolepsia, esquizofrenia o como trastorno mental. Uno de los casos más conocidos de catalepsia es el de la francesa Victorine Lafourcade. A comienzos del siglo XIX, una bella y noble joven llamada Victorine contraía matrimonio con un poderoso banquero y diplomático. Atrás quedaban una larga lista de pretendientes que habían intentado conquistar, sin éxito, a la rica heredera. Entre ellos figuraba Julien Bossuet, un humilde escritor parisino. El matrimonio entre el banquero y la joven se transformó con el paso de los años en un desgraciado enlace que acabó minando la salud de la bella dama. Y un día, se anunció que madame Lafourcade había muerto, víctima de una misteriosa dolencia. Fue enterrada en su aldea natal, donde días después acudió su antiguo pretendiente, el humilde Bossuet, a llorar su pérdida. Llevado por el dolor, desenterró el ataúd de la fallecida con el propósito de abrazarla por última vez y cortar, quizá, algún mechón de su cabello como recuerdo. Entre sus brazos, la joven pareció revivir milagrosamente. El escritor comprendió que su amada había sido enterrada viva, porque el latido de su corazón, aunque tenue, persistía. Feliz, Bossuet la llevó consigo y la cuidó hasta que recobró la salud perdida. Victorina se enamoró de él y juntos huyeron a América. Veinte años después regresaron a Francia, creyendo que el paso del tiempo los protegería de posibles persecuciones. Se equivocaron. El legítimo esposo reconoció a su mujer y la reclamó ante los tribunales. Afortunadamente, la justicia dio la razón a la mujer, que pudo permanecer para el resto de sus días al lado de su verdadero amor. Esta historia de final feliz la recogió el mismo Poe en su ya citada obra “El entierro prematuro”. Sin embargo, en la mayoría de los casos los enterrados vivos no llegan a salir nunca de su injusta sepultura.
En el cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires (Argentina) se alza una escultura que inmortaliza la triste historia de Rufina Cambaceres, hija del conocido escritor argentino Eugenio Cambaceres (1843-1889) y de la bailarina italiana Luisa Baccichi. Cuatro años después de la muerte de su padre, Rufina se había convertido en una bella joven de 14 años, introvertida y solitaria. Su madre, en cambio había rehecho su vida, convirtiéndose en la amante de un poderoso magnate. El 31 de mayo de 1902, Rufina celebraba su 19 cumpleaños. Sin embargo, en un momento de la fiesta se escuchó un grito de angustia procedente de la habitación de la muchacha. Cuando la madre de Rufina acudió a ver qué sucedía, se encontró el cuerpo sin vida de su joven hija rodeado de esclavas llorosas. Al día siguiente Rufina recibió sagrada sepultura en el cementerio de La Recoleta. Días después, un macabro anuncio sobrecogía a la desgraciada familia de la fallecida: su tumba había sido profanada. Aunque la versión oficial apuntó a un posible robo, los arañazos y los golpes en las paredes interiores del féretro revelaron que Rufina no estaba muerta cuando la enterraron. Pero ya era demasiado tarde para ella: no logró salir con vida de la bóveda familiar. La madre vivió el resto de sus días con la certeza de que su hija había sido enterrada viva, y mandó colocar en el camposanto una significativa estatua que representaba a una mano aferrada a una verja.
La leyenda cuenta que Rufina fue enterrada por mal de amores. Porque el día de su cumpleaños, le anunciaron que su novio era el amante de su madre. Las malas lenguas dicen que el culpable de la desgracia familiar se llamaba Hipólito Yrigoyen, quien en 1916 se convirtió en el primer presidente de la historia de Argentina elegido por sufragio universal y secreto. Irigoyen fue jefe de la República de Argentina desde 1916 hasta 1922 y de 1928 hasta 1930.
Según informan las autoridades militares de EEUU reconocieron en un comunicado que el cuatro por ciento de los soldados norteamericanos fallecidos en la guerra de Vietnam podían haber sido enterrados vivos. Sus maltratados ataúdes así lo atestiguaban.
Hoy en día la medicina ha avanzado tanto que es prácticamente imposible que una persona pueda ser enterrada viva. Pese a esto, en pleno siglo XXI todavía surgen casos como el de Liang Jinshi, un chino que permaneció enterrado vivo bajo tierra tres horas hasta que su mujer oyó sus gritos de socorro. Ocurrió en junio de 2006 en el condado de Tengxian, en la región china de Guangxi, y fue dado a conocer al mundo por el diario “China Daily”.
Imagínese despertar un día en una caja de madera y con la sensación asfixiante de estar aprisionado por una tonelada de tierra. Imagínese el suplicio inhumano que supone saber que un error médico le impedirá volver a ver la luz del sol ni la sonrisa de los suyos. Como dijo Poe: “Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos”… ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro?.
http://mundomisterio.portalmundos.com/los-enterrados-vivos-angustia-bajo-tierra/