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     ¿Víctimas de nuestras Emociones?

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    Nemesis
    CO-CREADOR@
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    Nemesis

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    MensajeTema: ¿Víctimas de nuestras Emociones?   ¿Víctimas de nuestras Emociones? Icon_minitimeMiér Dic 14 2011, 03:14

    Cierra los ojos e imagina la siguiente escena: estás en la playa, sentado frente al mar, observando la inmensidad del océano. Está atardeciendo, y el sol, en el horizonte, dibuja sobre el mismo tonos naranjas y rojizos, que se mezclan con el tenue azul del cielo y el gris claro de las nubes que se tocan con el mar. El leve sonido de las olas del mar te invita a disfrutar de la tibia temperatura del ambiente. Resulta relajante, ¿verdad? La arena se mete entre los dedos de las manos y notas cierto frescor en el cuerpo con ese tacto suave. El aroma del mar, al mismo tiempo, nos recuerda que la hora de cenar se acerca…

    Esta escena ha intentado que utilizáramos los 5 sentidos de los que todos estamos provistos: vista, oído, olfato, tacto…, ¿y el gusto? En cierto sentido también estaba presente, aunque ahora veremos de qué modo.

    En cierta medida, todos podemos imaginarnos en este lugar. ¿Qué sentimos? Cada persona seguramente sentirá emociones y sensaciones diferentes, tanto cuantitativa como cualitativamente. Si hubiéramos estado allí, al sentir la caída de la tarde, ¿qué hubiéramos hecho? ¿Nos quedamos disfrutando? ¿Nos marchamos? ¿Por qué en ambos casos?

    Estamos ahora en un hospital. En la planta 6, en maternidad, una familia celebra el nacimiento de una nueva niña, preciosa, sana, y que lleva de esperanza los deseos y expectativas de todos. ¿Qué sienten cada uno de ellos? ¿Lo sienten todos por igual?

    Al mismo tiempo, 4 habitaciones más lejos, unos padres primerizos reciben la noticia de que su hijo recién nacido tiene una grave enfermedad hereditaria. Allí también está toda la familia. ¿Qué siente cada uno? ¿Cómo reaccionan?

    Estas tres son solo unas muestras de situaciones cotidianas con las que podemos encontrarnos. Y sin estar en ellas, ahora mismo, podemos reaccionar ante las mismas, tanto desde una perspectiva cognitiva como emocional. Parece lógico pensar que ante los acontecimientos positivos, como el nacimiento de un familiar, todos reaccionaríamos con emociones de alegría, felicidad, etc., mientras que ante situaciones negativas reaccionaríamos con tristeza, agonía, ira, etc. ¿Siempre ocurre ésto? Si fuera así, los humanos simplemente seríamos organismos que responden a los acontecimientos que la “vida” va poniendo delante de nosotros. ¿Verdaderamente estamos en manos del destino?

    Es evidente, para todo aquel que quiera fijarse, que la variedad de respuestas de los seres humanos ante acontecimientos es de una gran diversidad. Efectivamente, encontramos personas que ante la alegría de un nacimiento, no muestran ninguna emoción positiva; asimismo, ante situaciones terribles, hay personas que lloran, se hunden, se bloquean, o bien reaccionan de forma resiliente. Sacan fuerzas de flaqueza y afrontan esa situación con entereza, con firmeza. ¿No sienten entonces tristeza? Por supuesto que sí, pero no dejan que esa emoción negativa les impida reaccionar constructivamente. Son personas que ELIGEN cómo reaccionar ante sus propias emociones. No las apartan, no las esconden, las aceptan, las sienten y eligen hasta qué punto les afectan.

    ¿Cómo se puede elegir cómo nos sentimos? Las emociones, más allá del signo que posean, siempre son reales. La tristeza, la ira, la alegría, la sorpresa…, una vez las sentimos, son indudablemente como son. Pero esas emociones pueden multiplicar su intensidad, hasta resultar poco adaptativas, incluso destructivas. ¿Y si pudiéramos elegir reaccionar de otro modo? En este punto podríamos pensar que si es verdad que podemos elegir, el hecho de no hacerlo implica cierto gusto por el dolor o incluso que seamos bastante estúpidos. Pero es mucho más sencillo. Simplemente aprendemos a responder ante los estímulos de determinada forma, porque en nuestra historia de aprendizaje esas respuestas han resultado adaptativas, nos han reportado ciertos beneficios. Es, por tanto, un problema de aprendizaje que tiene una solución posible: aprender otra forma de responder, que nos ayude a aceptar la emoción y configure un estilo de afrontamiento más adecuado.

    Cuando percibimos un estímulo derivado de un acontecimiento complejo, nuestro cerebro trata de procesarlo y darle un sentido, un significado. En la mayor parte de las ocasiones, de este procesamiento se deriva un pensamiento que se articula a través del lenguaje. Dicho pensamiento, puede formularse de diversa manera y es el resultado del procesamiento de la situación que estamos viviendo. Es “nuestra visión” de los hechos: particular y, en cierto sentido, única. Pero la verdad es que esta interpretación no tiene porqúe ajustarse a la realidad. Puede ser que nos falten datos objetivos, que nos precipitemos o que simplemente estemos equivocados. Pero construimos un pensamiento acerca de esa realidad que estamos presenciando. Nuestro complejo sistema de integración de la información sensorial tiene también sus límites por lo que, casi siempre, el pensamiento es producto de una heurística de representatividad. Utilizamos los heurísticos como medio a partir del cual reducir la complejidad del mundo y tener una explicaicón para cada acontecimiento. Es un mecanismo evolutivo de supervivencia.

    El hecho de utilizar el mecanismo de la heurística, que está basado en nuestra experiencias y conocimientos, implica que estamos sujetos a error. No podemos ser concluyentes por lo que casi siempre nuestros pensamientos, por lógicos que puedan parecernos, necesitan revisión. Pero no lo hacemos. Y aquí comienza el problema, porque la clave del asunto está en saber detectar dónde se origina el cortocircuito que nos impide reconocer nuestras propias emociones y elegir después cómo reaccionar ante ellas.

    Generalmente no percibimos que nuestro sistema de respuesta ante los acontecimientos sea demasiado complejo. Eso es porque es un sistema holístico. Pero se compone de 3 partes diferentes que están interconectadas y que se influyen mutuamente: pensamientos, emociones y comportamientos motores. Hemos dicho del primero que está sujeto a error porque se basa en heurísticos de representatividad y que, por tanto, ha de ser revisado. Del segundo hemos dicho que siempre es real, las emociones ocurren siempre en el presente, son el auténtico “aquí y ahora”. Podríamos decir, asimismo, que el pensamiento, al estar sujeto a error, puede ser racional (basado en hechos y datos objetivos) o irracional. Si ambos sistemas se relacionan y se influyen mutuamente, podría darse el caso de que alguien sienta una emoción negativa como la desesperación ante determinado acontecimiento que, en principio, no tiene potencial suficiente para provocar un sentimiento tan intenso.

    Pongamos un ejemplo: alguien recibe la noticia de que ha suspendido un examen. Supongamos que esta persona se siente, a continuacion, desesperada por la noticia y sus posibles consecuencias. Sin duda, sus sentimientos son reales, y las emociones y reacciones fisiológicas estarán acorde a este sentimiento de desesperación: taquicardia, sudores fríos, miedo, ira… Reacciones parecidas a la ansiedad. Es posible que esta persona esté pensando en las consecuencias diciéndose cosas como: “menudo desastre, ya no hay vuelta atrás. Siempre acabo fracasando en todo lo que hago y nunca conseguiré nada en la vida…”. Siendo sinceros, si creyéramos que estas frases son verdad, ¿no reaccionaríamos todos con desesperación?

    Entonces, ¿cuál es el problema? Si la emoción surgida de la situación es real, ¿necesariamente lo que provoca esa reacción de desesperación es realista? Veamos el ejemplo de un modo más detallado y que puede explicar cómo llegamos a un sentimiento de desesperación. Nos llega la noticia del suspens e, inmediatamente, nuestro cerebro comienza a trabajar para interpretar lo que está sucediendo; en nuestro archivo “resultados académicos” un suspenso es algo catalogado como negativo. Lo más probable es que los primeros pensamientos que surjan sean: “vaya decepción, esperaba un mejor resultado“, siendo la emoción provocada la de tristeza. Pero nuestro cerebro no se queda en esa primera interpretación y enseguida comienza a tantear las consecuencias que tendrá este resultado. Partiendo de la emoción actual, la tristeza, ciertos pensamientos se van produciendo de forma automática, sin mucho control consciente sobre ellos: “suspender es lo peor que podría suceder, ahora tendré que volver a estudiar y es un fastidio. Esperaba aprobar“. De la emoción de tristeza, surge el sentimiento de decepción. Desde ese sentimiento de decepción, seguimos buscanso causas y consecuencias de lo ocurrido, y aquí es cuando recurrimos nuevamente a nuestra historia de aprendizaje, solo que partiendo de un estado emocional que predispone la búsqueda. De este modo, pensamientos automáticos de tipo catastrofista hacen su aparición: “suspender es de torpes, por lo que yo soy torpe. Ya me ha pasado otras veces, soy un fracaso“, etc.

    Este proceso ocurre en un lapso de tiempo muy breve, de forma casi inconsciente; como estoy invadido por una emoción negativa (tristeza, miedo, ira…) que genera sentimientos de frustración, decepción y desesperación, que son reales, le doy una gran credibilidad a esos pensamientos: como percibimos esas emociones, creemos que sus causas, los pensamientos, son también reales. Pero, de los pensamientos que hemos descrito anteriormente, ¿podríamos decir que son realistas, que en el análisis de la situación se partiendo de hechos objetivos? ¿O son pensamientos sesgados? Evidentemente, así es, puesto que está dejando de lado las ocasiones en las que ha aprobado, está generalizando esta situación a todas las demás, está definiéndose a sí mimos en función de una situación concreta… Está cometiendo errores de pensamiento en su análisis que le llevan a encadenar una emoción negativa tras otra hasta llegar al sentimiento de desesperación. El proceso parece bastante lógico así explicado: cualquiera se sentiría así si pensara de este modo, si le diera una credibilidad tan alta a estos pensamientos distorsionados.

    El ejemplo utilizado es, tan sólo eso, un ejemplo. Cada persona tiene su propia Historia de Aprendizaje, y tiene su propio proceso particular a partir del cual genera conocimiento subjetivo de las situaciones. Para ser prácticos, de lo que se trata es de intentar darnos cuenta, cada uno por separado, de cómo los pensamientos y las emocinoes se interrelacionan, se conectan, de modo que unas y otras acaban generando estados artificiales (aunque emocionalmente reales) que provocan respuestas desproporcionadas. ¿Podemos elegir cómo nos sentimos? Sí. No se trata de elegir sentirse bien siempre, aprender a ocultar las emociones negativas, etc. Todos sentimos emociones negativas y positivas, la cuestión más importante, en mi opinión es: ¿si pudiéramos aceptar nuestro primer sentimiento negativo y generar explicaciones realistas, basadas en hechos objetivos, de la situación, nos sentiríamos más o menos capaces de actuar en consecuencia?

    En el ejemplo anterior, lo más probable es que el protagonista tenga pocas ganas de hacer nada; dicho de otro modo, el estado emocional que le ha provocado la desesperación le genera muy poco deseo de hacer nada al respecto y, si no hace nada, acabará por creer “a pies puntillas” que es “un desastre y que nunca conseguirá nada”. A esto se le denomina La Profecía Autocumplida, y resulta ser un sesgo muy habitual entre las personas.

    Si partiéramos de la tristeza de haber suspendido y generásemos una explicación de esa situación más realista, basándonos en hechos y datos objetivos de nuestra vida (reacciones anteriores en situaciones parecidas, exámenes aprobados con anterioridad, aceptación del resultado y de la tristeza que se siente en ese momento…), quizás esa persona no llegaría con facilidad al estado de desesperación que genera su bloqueo. Por el contrario, lo más probable es que encontrara una explicación aceptable, que genere una emoción de menor intensidad y que le permitiera generar otros pensamientos alternativos de carácter más positivo, logrando quizás perseverar y trazar un plan de acción para superar la situación.

    Este sencillo ejemplo, ilustra un complejo proceso que tiene lugar a lo largo de nuestra vida y que configura nuestro estilo de afrontamiento ante las situaciones, tanto positivas como negativas. Por complicada que resulte la situación en la que nos vemos envueltos, de nosotros depende la intensidad con la que la vivimos, la explicación última que le demos y las acciones que queramos acometer a continuación. Si concedemos una gran credibilidad a los pensamientos automáticos que pueden surgir a partir de una situación negativa sin evaluarlos objetivamente, lo más probable es que nuestras emociones negativas crezcan en intensidad, impidiéndonos ofrecer una respuesta adaptativa, creativa y constructiva.
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