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 Matrimonios sin sexo

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Nemesis
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Nemesis

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MensajeTema: Matrimonios sin sexo   Matrimonios sin sexo Icon_minitimeSáb Jul 13 2013, 07:30

Matrimonios blancos (Sin relaciones sexuales)

Los colores, como símbolos, tienen una historia cultural: El blanco sugiere la pureza (lo incontaminado), el negro se asocia con la tristeza o el duelo, el rojo con la lujuria o la furia, el verde con la esperanza. Etc.

En este contexto cuando me refiero a los matrimonios “blancos” pienso en aquellos en los cuales la actividad sexual no existe o está reducida a una expresión mínima generalmente ligada a la procreación. En nuestra cultura las relaciones sexuales se consideran parte de la estructura del matrimonio, su ausencia en cambio establece una situación anómala y genera un área de conflicto.

En el primer caso estamos ante una situación que en el lenguaje sexológico se llama “matrimonios no consumados”, esta denominación tiene su origen en la expresión latina consumatum est, que en tiempos medievales se refería al acto solemne de consumación del matrimonio real a través de la unión sexual.

Las personas que se encuentran en este caso, provienen por lo general de un medio religioso que justifica y enaltece la virginidad prematrimonial. Otros, que no tienen esta base religiosa, también pueden optar por la abstinencia sexual como modo de escapar de las prácticas impuestas por un medio cultural sobresexualizado.

Si se contemplan estas decisiones como conscientes, voluntarias y autoafirmadas, ninguna crítica podría formularse. Nadie está obligado(a) a mantener relaciones sexuales. Ni nadie es más evolucionado por hacerlo. El problema aparece cuando estas restricciones so pseudoreligiosas y ocultan un temor de base a las prácticas sexuales.

Estas parejas tienen prolongados noviazgos en los cuales sus caricias íntimas pueden estar dentro de distintas gamas, algunos sólo se besan y comparten caricias limitadas que excluyen cualquier contacto por debajo de la cintura. Otros practican distintos tipos de estímulos desnudos o semidesnudos, pero establecen el límite en la penetración, porque esta es la define la virginidad como hecho físico. Hasta este punto todo marcha razonablemente bien, pero el conflicto se presenta cuando a partir del matrimonio civil y religioso se establece un nuevo escenario, donde las relaciones sexuales se imponen. Aquí comienza un drama que saca a la superficie todos los temores negados.

La noche de bodas y las sucesivas el temor y la confusión de ambos se acrecientan porque no entienden, ni saben que acciones tomar para superar las barreras.

Todo funciona bien entre ellos, se acarician como lo hicieron cuando pololeaban, se excitan, han incluido nuevas formas para tocarse y darse placer, pero cuando quieren lograr la penetración algo lo impide. Ese algo parece una barrera psíquica y física que no se puede traspasar a pesar de los intentos por lograrlo.

En general se ha mirado este impedimento desde la óptica de las dificultades de la mujer, básicamente por su imposibilidad de tolerar la penetración por un cuadro que se llama vaginismo, que en pocas palabras se define como la contractura masiva e involuntaria de los músculos que rodean la entrada de la vagina. Sin descartar este hecho como relevante, en la práctica se ha visto que también ellos fallan a la hora de producir la temida penetración; algunos eyaculan de inmediato, otros pierden inexplicablemente su erección y en general sus intentos parecen toscos y tímidos. En lugar de transmitir tranquilidad producen exactamente lo opuesto, es decir mayor tensión, de modo que el nudo es doble, la ansiedad se potencia y en muchos casos el deseo sexual disminuye ostensiblemente.

Si por un instante miramos la situación desde el lado del varón, y lo imaginamos sorprendido ante este inesperado rechazo de sus intentos; frustrado por no poder culminar su deseo sexual con una aproximación corporal completa; confundido por que toda su información o experiencia previa no incluía de modo alguno las conductas adecuadas para lidiar con este problema. Es decir completamente desorientado, pero dispuesto a buscar los consejos o a animar a su pareja (si ella se resiste) a recurrir una consulta especializada. Esto es lo esperable, pero sí en cambio lo único que él hace es adoptar una actitud pasiva, disfrazada de paciencia. Aquí este personaje se demuestra totalmente funcional al síntoma de su pareja, con lo cual se abren múltiples interrogantes acerca de sus propios temores o secretos.

Luego de reiterados intentos frustrados algunas parejas resuelven (sin hablarlo en forma clara) desistir del acto temido. No insisten en la penetración, pero mantienen sus juegos eróticos. Es como si retornaran a una escena adolescente fijada e inmutable, de hecho he constatado que frecuentemente tienen entre ellos y en la intimidad un trato verbal casi infantil, con el uso de diminutivos o el artificial “usted” en lugar del coloquial “tu”. Entre ambos se establece un pacto de evitación del conflicto, entre ellos y frente a los demás.

Desde un punto de vista psicológico, las conductas relacionadas con la evitación de los deseos, los estímulos y las relaciones sexuales, quedan comprendidas dentro de los llamados cuadros fóbicos. El rasgo esencial de una fobia sexual es el temor persistente e irracional asociado al deseo compulsivo de evitar sensaciones o experiencias sexuales, con la característica que el individuo reconoce este miedo como irracional o excesivo.

Este reconocimiento puede llevar a una consulta especializada, como modo de lograr ayuda y superar los escollos, pero no todos lo hacen de inmediato. Pueden pasar meses y aún años, antes de que se decidan. He atendido pacientes que llevaban 5, 10 o más años en esta situación, que personalmente defino como “el limbo”, un lugar incierto e indefinido, un espacio de tránsito en el cual las almas vagan hasta encontrar su destino.

La terapia convencional de las parejas que no han consumado sexualmente su unión se ha centrado tradicionalmente en liberar a la mujer de su reacción involuntaria, asumiendo que si ello se produce, el trastorno está solucionado. Sin embargo, y aún cuando he buscado afanosamente en las revistas especializadas, no he encontrado referencias a los fracasos terapéuticos que se producen cuando no es el vaginismo la causa central del problema, sino una manifestación más de un desencuentro profundo o de un pacto silencioso que paulatinamente va excluyendo las prácticas sexuales de la vida cotidiana.

Estos matrimonios se blanquean, resignan la procreación y se fortalecen en una intimidad que más se parece a una amistad profunda que a una pareja convencional. Está más que claro que aquí ninguna terapia ha de cambiar sus pautas. Entonces ¿Por qué consultan? Lo hacen porque a pesar de los años transcurridos guardan la secreta esperanza de normalizarse. Esta presión se ejerce sobre el núcleo central de su convivencia con los otros, que es EL SECRETO, aquello que no quieren y no pueden divulgar a nadie y que tampoco pueden compartir.

Llegan a terapia avergonzados de no haber actuado antes. Los que llegan, porque muy poco conocemos de aquellas parejas que viven juntos sin actividad sexual entre ellos.

Para organizar y sintetizar lo dicho hasta ahora, tenemos dos grupos definidos: los que frente a las barreras físicas y psicológicas se atreven a realizar una consulta temprana y oportuna, generalmente seis o siete meses después del matrimonio. Diferentes a los que no tienen en realidad un problema funcional sino de deseo inhibido o de franco rechazo. Es decir que no le otorgan relevancia a las experiencias sexuales o que las temen y por eso las evitan. En el primer caso el pronóstico es favorable, con rápidos cambios de ambos y abierta disponibilidad para superar el problema compartido. En el segundo grupo las cosas son mucho más complejas, porque siempre hay temas o antecedentes ocultos que subyacen y justifican el distanciamiemto sexual.

Lo peor que estas parejas pueden hacer es invisibilizar el conflicto. Los años no pasan en vano y cada vez se les hará más difícil lograr un cambio. A ellos les sugiero que piensen si este es el futuro que desean.


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