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     LAS TRADICIONES RELATIVAS AL CUERPO ASTRAL

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    Nemesis
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    Nemesis

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    MensajeTema: LAS TRADICIONES RELATIVAS AL CUERPO ASTRAL   LAS TRADICIONES RELATIVAS AL CUERPO ASTRAL Icon_minitimeMar Sep 03 2013, 04:43

    Homero llama Eidolon al cuerpo etéreo o a la forma sensible revestida por el alma después de la muerte. "Ese cuerpo es incorruptible. Su sustancia es superior a la carne y a los huesos que componen nuestro cuerpo material."
    Pitágoras enseñaba que el alma tiene un cuerpo afín a su naturaleza, buena o mala, según el trabajo anterior de sus facultades. Le llamaba a ese cuerpo el carro sutil del alma y decía que el cuerpo mortal no es más que su envoltura grosera. Añadía: "Practicando la virtud, abrazando la verdad y absteniéndose de toda cosa impura, es como se tiene cuidado del alma y de su cuerpo luminoso" (Hierocles).
    Aristóteles dice que los seres invisibles son tan sustanciales como los seres visibles. Los seres invisibles también tienen cuerpos, pero muy sutiles y etéreos. Aristóteles distinguía, aparte del cuerpo, el espíritu, principio del pensamiento, y el alma, principio de la vida.
    "El alma es el soplo de la vida. No es incorpórea, sino por comparación con el cuerpo mortal. Conserva la figura del hombre a fin de que se le reconozca" (San Ireneo).
    "Nada hay creado que no sea corpóreo, es decir, sin forma sustancial. Ni en el cielo, ni en la tierra, ni entre las cosas visibles, ni entre las invisibles. Todo está formado de elementos, y las almas, bien habiten un cuerpo o bien salgan de él, tienen siempre una sustancia corpórea" (San Hilarlo).
    "El alma será revestida, después de la muerte, de un cuerpo etéreo que se parece a su cuerpo terrestre" (Orígenes).
    San Agustín, en su tratado de la Adivinación de los demonios, da a estos demonios, es decir, a los seres visibles que nos rodean, un cuerpo aéreo que se parece mucho al cuerpo astral.
    "El alma no está directamente cerrada en el cuerpo material y terrestre. Se reviste, para penetrar en él, de un cuerpo sutil y como vaporoso que se representa bajo la forma de una especie de reproducción del cuerpo material, que crece y se desarrolla con él. Niño si se trata de un niño, hombre si se trata de un hombre. Es lo que se llama el Ka, cuya concepción han determinado perfectamente los Sres. Lepagne-Renour y Maspero. El Sr. Maspero dice que es el doble. También podría llamársele la sombra o el cuerpo sutil. Es el Eidolon de los griegos" (Lenormand).
    Colebrooke dice que, según Kapila, entre la forma sutil, que emana de la Naturaleza original y resulta del desarrollo primitivo o inicial de los rudimentos de la creación primordial, y la grosera y material, hay todavía una forma intermedia, refinada, tenue.
    Por otra parte, dice que los espíritus se manifiestan con ayuda del cuerpo etéreo.
    En sus memorias sobre China reproduce el conde de Escayrac de Lautrec un cuadro budista que representa a Ma-Ming-Tsin, célebre solitario que escapa a las tentaciones
    y a los terrores, desprendiéndose de su cuerpo fluídico. Se ve el cordón fluídico, que partiendo del vértice de la cabeza, une el cuerpo físico con el cuerpo astral.
    "Las almas de los hombres, después de la separación del cuerpo grosero, están revestidas de un cuerpo etéreo" (Leyes de Manú).
    "Jehovah hizo para el hombre un cuerpo grosero sacado de los elementos de la tierra. Y unió a esos órganos materiales el alma inteligente y libre, llevando ya con ella el soplo divino, el espíritu que le sigue en todas sus vidas. Y el medio de esta unión del alma con el cuerpo grosero fue un soplo vital (Nephesch) (Génesis).
    Los groenlandeses creen que hay dos almas en el hombre: 1) El soplo que anima el cuerpo y mantiene la vida, 2) La sombra, que se desprende ya en el sueño y que se separa de aquél enteramente por la muerte (Krantz).
    Los canadienses creen que hay dos almas en el cuerpo: una de estas dos almas queda, después de la muerte, al lado del cadáver, y la otra parte para la esfera espiritual (Delaborde).
    "El alma del hombre, viniendo inmediatamente de Dios, se une, por medios convenientes, al cuerpo material, y, a este efecto, previamente a su descenso mismo y a la aproximación inicial, se encuentra revestida de un pequeño cuerpo aéreo que se llama el vehículo etéreo del alma, que otros lo llaman el coche del alma.." (H. Cornelio Ágrippa).
    "Y por esto, dicha imagen del alma, tomando algunas veces un cuerpo aéreo, se cubre de una sombra y se envuelve con ella, da unas veces aviso a sus amigos, otras veces trabaja con sus amigos. Porque las pasiones, el recuerdo, las sensaciones quedan con el alma después de que ésta se ha separado del cuerpo" (H. Cornelio Agrippa).
    "Hay trinidad y unidad en el hombre, así como en Dios. El hombre es uno en persona, pero es triple en esencia. Tiene el soplo de Dios, o alma, el espíritu sidéreo y el cuerpo" (Paracelso).
    "El mundo creado debe conservar alma y cuerpo. Pienso que los ángeles tienen cuerpo. Soy también de la opinión de que el alma razonable jamás ha sido enteramente despojada de todo cuerpo"(Leibnitz).
    "En cuanto se ha asignado un sitio al alma (después de la muerte), su facultad formal irradia, igualmente y tanto como lo hacía en sus miembros vivos. Y, de igual modo que la atmósfera, cuando está muy cargada de lluvia y vienen a reflejarse en ella algunos rayos, se muestra adornada de colores varios, así el aire que la rodea toma la forma que le imprime virtualmente el alma al detenerse allí, y, semejante a la llama, que sigue al fuego por dondequiera que va, esta forma nueva sigue al alma a todas partes. Como de esto saca su apariencia, se le llama Sombra y en seguida organiza todos los sentidos, hasta el de la vista" (Dante).

    LA EXTERIORIZACIÓN DEL CUERPO ASTRAL DURANTE LA VIDA

    "Mientras que el cuerpo natural permanece atacado de parálisis, el alma se ve revestida de un cuerpo en todo semejante a aquél, sin saber cómo. Ve dicho cuerpo vestido corrientemente de la misma manera, cubierto con las mismas ropas del mismo color, de la misma forma que los que cubren su cuerpo verdadero" (P. Seraphin).
    "Todas las veces que los veo, salgo de mi cuerpo de tal modo que no experimento ninguna sensación, como si estuviera en éxtasis (extra sensum quasi in extasim transeo)... Cuando entro, o mejor dicho, cuando me pongo en éxtasis, siento cerca del corazón una especie de separación, como si el alma se retirara y esta acción se comunicara a todo el cuerpo. Parece que se forma una especie de pequeña abertura primero en la cabeza y sobre todo en el cerebelo, y que esta abertura, que en seguida se extiende a lo largo de la espina dorsal, no se mantiene sino con mucho esfuerzo. Sólo siento que estoy fuera de mí mismo (quod sum extra me ipsum) y me mantengo con mucho trabajo en ese estado, durante unos instantes únicamente" (Jerónimo Cardán).

    INFLUENCIA DEL CLOROFORMO SOBRE EL CUERPO FLUÍDICO

    Dice el Dr. Simonin que los individuos que sufren la influencia de la anestesia, cuando conservan inteligencia para darse cuenta de ello, creen tener un cuerpo de una sutileza impalpable.
    Uno de los clientes del doctor, Isidoro Bourdon, le contaba que durante la operación que acababan de hacerle bajo la acción del cloroformo "le parecía que una brisa deliciosa le impulsaba a través de los espacios como alma dulcemente conducida por su ángel de la guarda".
    Según el Dr. Sédillot: "Las carnes pueden ser frotadas, martirizadas, hechas pedazos, y el cliente no siente nada. Su espíritu se cierne en regiones desconocidas, atraviesa espacios sin fin, realiza en algunos minutos los sucesos de varios años, o bien está sumergido en éxtasis y ensueños, a menudo acompañados de un vivo sentimiento de bienestar y de dicha."
    Fletwood Cromwell Warley, el inventor de los cables transatlánticos, cuenta que, habiendo hecho uso cierta noche del cloroformo para aliviar un dolor de garganta que le producía insomnio, cayó en profundo sueño y se vio, poco tiempo después, con su cuerpo fluídico fuera de su cuerpo material, el cual se hallaba profundamente aletargado.
    El capitán Volpi ha hecho una comprobación análoga:
    "Hace seis años -escribía en 1889- lo aspiré para amortiguar los espasmos que debía producir la extracción de un cálculo renal. Me enteré entonces con asombro de que mi ego, es decir, mi alma y mi razón pensante, revestidas de la forma corpórea, estaban a dos metros de mi cuerpo. En consecuencia, mi ego estaba fuera de mis órganos. Veía a mi ego sobre el lecho, tendido e inmóvil, y a mi cuerpo, al cual imprimía el movimiento y la vida". El capitán Volpi habló de esta sensación a varios médicos, quienes le afirmaron haber oído referir casos análogos, aunque con menos claridad, a los enfermos que habían cloroformizado.
    "Mis pacientes me han declarado con frecuencia -dijo uno de aquéllos- que durante mis operaciones no habían sufrido, pero que habían visto todo lo que yo hacía, como espectadores que asisten a operaciones hechas a otros individuos."

    Carta del Sr. Albano Dubet al Sr. Leyrnarie
    Cháteauneuf, 14 de agosto de 1894
    "Acabo de experimentar un fenómeno que, según nuestra doctrina y nuestros conocimientos, es fácilmente explicable. Es posible que sea frecuente y que muchas personas lo hayan notado como yo. No obstante, creo que debo decírselo. Parece ser un estado que participa a la vez del sonambulismo y de la pesadilla, y no es uno ni otro.
    "He aquí el hecho:
    "Hacia las tres de la tarde me he tumbado en mi cama y poco a poco, hallándome en estado de somnolencia. Observe bien que no es el sueño, y tampoco el acto de soñar. Es un estado intermedio que todo el mundo conoce.
    "En ese estado conservaba perfectamente toda mi lucidez, tenía los ojos cerrados y permanecía inmóvil. Pero poco a poco, mis sentidos se entorpecieron y sentí un segundo yo, que no era el cuerpo, y que hacía esfuerzos sorprendentes para desprenderse del cuerpo. Mi espíritu, o más bien mi envoltura fluídica, estaba claramente separada de la envoltura corpórea. Mis brazos fluídicos, mis piernas fluídicas, se agitaban en todos sentidos. Este segundo yo miraba el cuerpo y se daba cuenta de que éste conservaba la más absoluta inmovilidad. Agitaba sus brazos y veía inertes sus brazos corpóreos; daba golpes y él oía el sonido.Se daba la explicación en ese momento de que era realmente un espíritu y que ese espíritu se esforzaba en separarse del cuerpo, pero sentía dolor. A1 fin comprendió que era inútil usar la violencia, y por un esfuerzo de su voluntad entró de nuevo en el cuerpo, que entonces se despertó completamente.
    "La memoria de este hecho se ha conservado en mí completamente, como ya le he dicho. Mi lucidez fue constante y no cesé de conservarla.
    "Durante todo aquel tiempo (que ha sido aproximadamente una media hora, quizá más) razonaba mi situación y hacía experiencias conmigo mismo. Mi voluntad solamente, mi voluntad consciente, ha mantenido mi envoltura fluídica fuera del cuerpo. Sentía, veía que tenía cuatro brazos, de los cuales se agitaban dos violentamente y los otros dos permanecían inmóviles.
    "Los doctores explican que eso es una pesadilla, efecto de la digestión (no había comido nada hacía tres horas), o la consecuencia de una enfermedad (no he tenido ninguna desde hace más de quince años), o, en fin, una impresión que ha quedado en el cerebro a consecuencia de una lectura o de un espectáculo que me ha conmovido fuertemente (nada he leído, nada he visto que me haya dejado la menor impresión). Estoy absolutamente sano de espíritu y de cuerpo.
    "He tenido que darle toda esta relación. Es posible que el caso sea frecuente y que no valga la pena de ser referido. Vd. haga con ello lo que crea conveniente..."

    Observación anotada por el Dr. Paul Gibier
    El Sr. H. es un joven alto, rubio, de unos treinta años, hijo de padre escocés y de madre rusa. Es grabador, artista de talento. Su padre estaba dotado de facultades medianímicas muy potentes. Su madre igualmente era médium. Aunque nació en un medio espiritualista, no se ha ocupado de espiritismo ni ha notado nada anormal hasta el momento en que ha sufrido lo que él llama un accidente, sobre el cual vino a consultarme. a primeros de 1887 (en París).
    "Hace pocos días -me dijo-, regresaba a mi casa por la noche, hacia la diez, cuando se apoderó de mí, de repente, un sentimiento de laxitud extraña que no podía explicarme. Decidido, sin embargo, a no acostarme enseguida, encendí la luz y dejé la lámpara sobre la mesa de noche, junto a mi cama. Cogí un cigarro, lo acerqué a la llama de mi lámpara y le di unas cuantas bocanadas. Después me eché en un sofá.
    "En el momento en que me dejé caer descuidadamente hacia atrás para apoyar la cabeza en el almohadón del sofá, vi que los objetos que me rodeaban daban vueltas. Sentí una especie de aturdimiento, un vacío. Luego, bruscamente, me encontré transportado en medio de mi cuarto. Sorprendido por este desplazamiento, del que yo no había tenido conciencia, miré a mi alrededor, y mi asombro aumentó considerablemente. Primero, me vi acostado en el sofá, relajadamente, sin rigidez. Sólo la mano izquierda estaba levantada, más alta que mi cabeza, apoyado el codo, y cogiendo el cigarro encendido, cuya lumbre se destacaba en la penumbra que producía la pantalla de la lámpara. La primera idea que se me ocurrió fue que estaba dormido y que lo que ocurría sólo era el resultado de un sueño. No obstante, me decía a mí mismo que nunca me había ocurrido nada semejante y que se pareciera tan intensamente a la realidad. Diré más: tenía la impresión de que nunca me había encontrado tan en la realidad como en aquel momento. Así, pues, dándome cuenta de que no podía ser un sueño, el segundo pensamiento que me asaltó de repente fue el de que estaba muerto. Y, al mismo tiempo, acordándome de que había oído decir que existen los espíritus, pensé que me había convertido en un espíritu. Todo aquello que había podido aprender acerca de este asunto se desarrolló enteramente, pero en menos tiempo que el preciso para acordarme, ante mi vista interna. Me acuerdo muy bien de haber sentido entonces una especie de angustia y de resentimiento por cosas no terminadas. Mi vida se representaba como en una fórmula...
    "Me aproximé hacia mí, o mejor dicho, a mi cuerpo o a lo que creía que era mi cadáver. Algo que de súbito no comprendí llamó mi atención: me vi respirando, pero, además, vi el interior de mi pecho y el corazón, que latía lentamente, débilmente, pero con regularidad. Veía mi sangre, de rojo vivo, circular por los vasos sanguíneos. En aquel momento, comprendía que debía haber sufrido un síncope de género especial, a menos que las personas que sufran un síncope, pensaba yo aparte, se acuerden de lo que les ha ocurrido durante su desvanecimiento. Y entonces temí el no acordarme de esto cuando volviera a mi cuerpo...
    "Sintiéndome más tranquilo, miré alrededor mío preguntándome cuánto tiempo duraría esto. Luego, ya no me ocupe de mi cuerpo, del otro yo que seguía acostado descansando. Miré la lámpara, que continuaba ardiendo silenciosamente, y pensé que estaba muy cerca de mi cama y que podía prender fuego a las cortinas. Cogí la llave de la mecha con intención de apagarla, y entonces, ¡nuevo motivo de sorpresa! Notaba perfectamente el botón de la llave. Percibía, por así decirlo, cada una de sus moléculas, pero en vano daba vuelta con mis dedos. Sólo mis dedos ejecutaban el movimiento y en vano traté de obrar sobre el botón.
    "Me examiné entonces a mí mismo y vi que mi mano podía pasar a través de mi cuerpo, pero, no obstante, me tocaba perfectamente el cuerpo, el cual me pareció, si la memoria no me es infiel en este detalle, como si estuviera revestido de blanco. Después, me puse frente al espejo que está sobre la chimenea. En lugar de ver mi imagen en la luna del espejo, noté que mi vista podía profundizar a voluntad y aparecieron primero la pared, después la parte posterior de los muebles que había en casa de mi vecino y luego el interior de su cuarto. Me di cuenta muy exacta de la ausencia de luz en aquellas habitaciones, así como de un rayo de luz que partía de mi epigastrio e iluminaba los objetos.
    "Me asaltó la idea de penetrar en el cuarto de mi vecino, a quien, por lo demás, yo no conocía, y que estaba ausente de París en aquella ocasión. Apenas había sentido el deseo de visitar la primera habitación, cuando me encontré transportado a ella. ¿Cómo? No lo sé, pero me parece que he debido atravesar la pared tan fácilmente como la vista penetraba a través de ella. En resumen, que estaba yo en casa de mi vecino por primera vez en la vida. Visité las habitaciones, gravé su aspecto en mi memoria y fui luego hacia unabiblioteca, donde leí especialmente varios títulos de libros situados en un estante a la altura de la vista.
    "Para cambiar de lugar no tenía más que quererlo, y, sin esfuerzo, me encontraba allí donde quería ir.
    "A partir de aquel momento mis recuerdos son muy confusos. Sé que fui muy lejos, a Italia creo, pero no podría decir cómo empleé el tiempo. Era como si, no siendo dueño de mí mismo ni de mis pensamientos, pudiera transportarme de un lado a otro, según donde se dirigía mi pensamiento. No estaba seguro de éste y él me dispersaba en cierto modo antes de que yo pudiera fijarlo: la loca de la casa, ahora, se llevaba la casa consigo.
    "Debo añadir, para terminar, que me desperté a las cinco de la mañana, tieso, frío, en el sofá y teniendo todavía el cigarro sin terminar entre los dedos. La lámpara se había apagado; había ahumado el tubo de cristal. Me eché en la cama sin poder dormir y estuve tiritando. Por fin me dormí. Cuando me desperté era de día.
    "Por medio de una inocente estratagema induje al portero a que fuera, aquel mismo día, a ver si en la habitación de mi vecino había algo trastornado y, subiendo yo con él, pude ver de nuevo los muebles y los cuadros vistos por mí la noche anterior, así como los títulos de los libros que yo había leído con atención.
    "Me he guardado mucho de hablar de esto con nadie por temor a pasar por loco o alucinado."
    Terminado su relato, añadió el Sr. H.: "¿Qué piensa usted de esto, doctor?"
    En aquella época, cuando el Sr. H. vino a darme cuenta de este "accidente", yo sabía que las cosas pueden ocurrir como él las contaba, y conocía en parte las razones. Sin embargo, miré a mi interlocutor fijamente a los ojos para saber si tendría intención de engañarme: estaba muy serio y parecía muy preocupado por lo que le había ocurrido. Le expliqué entonces que, según toda verosimilitud, él estaba dotado de facultades extraordinarias y que de él dependía el desarrollarlas. Le indiqué, con ese objeto, el régimen a observar, que me prometió seguir rigurosamente, y nos citamos quince días después. Fue fiel a la cita, pero venía para anunciarme que estaba a punto de casarse y para decirme que no podía consagrarse a ninguna otra experiencia que a la de la vida conyugal, la cual como ya se sabe, es desfavorable para la obtención de facultades de abmaterialización autónoma.

    Carta de un antiguo alumno de la escuela de Saint-Cyr
    Hace algún tiempo recibí una carta de un ex alumno de la Escuela Militar de Saint-Cyr, actualmente empleado superior en Aduanas en una de las repúblicas de América del Sur, el cual me pedía mi opinión sobre ciertos fenómenos de los cuales él había sido testigo.
    No conozco a ese señor y no puedo garantizar sus afirmaciones, pero éstas me parecen selladas con buena fe y no hacen, por lo demás, sino confirmar hechos muy conocidos de aquellos que se ocupan de este género de estudios.
    He aquí el documento, en el cual me he limitado a separar detalles personales que puedan identificar a mi corresponsal, que desea no darse a conocer:
    "El 17 de marzo, a las diez y media de la noche, me hallaba en mi casita de campo, donde vivo solo con mi mujer, mis hijos y dos criados. Estaba en mi salón y sentado en un sillón. Acababa de leer Los Hermanos Karamazov. A1 cerrar el libro me dejé llevar a ese estado de ensueño que invade a todo lector que digiere lo que acaba de leer. Mis ojos, que miraban el vacío, como vulgarmente se dice, estaban fijos en un vaso que contenía uno de esos grandes insectos luminosos que en español se llaman cucuyos.
    "A1 cabo de un instante sentí un frío muy grande, y, a pesar de la voluntad de levantarme para despejarme, quedé sentado, como clavado a mi asiento, sin poder tampoco separar la mirada de los puntos brillantes que formaban los insectos luminosos. Estaba literalmente helado, con un intenso dolor en la columna vertebral, semejante en todo a lo que los médicos llaman el dolor histérico. A1 mismo tiempo la menor idea de movimiento era acompañada de un dolor muy agudo en el brazo o pierna que quería mover. Mi razón estaba lúcida y, mentalmente, me creí víctima de una hiperestesia general. Veía los cucuyos gigantescos. Después, como al principio de un desvanecimiento, mis ojos rodaron en mirada extraviada. Poco después, unas ondas luminosas, rojo-amarillentas y azul-violeta, danzaron ante mí, absolutamente como los círculos concéntricos (pero más bien ovalados) que determina la caída de una piedra en el agua.
    "Noté entonces un aplanamiento general y al mismo tiempo las ondas luminosas se extinguieron, dejando en su lugar una nube que, poco a poco, tomó exactamente mi
    forma. Me veía como en un espejo malo, con la percepción de los cucuyos detrás de la imagen. Tuve en ese instante la más extraña sensación que sea dado al hombre experimentar: tuve la perfecta noción de no estar ya en mí. No sé cómo explicarlo. El solo pensamiento de ello me turba aún. Sentí perfectamente que salía de la habitación en que me encontraba. Fui al jardín, corté dos rosas, después... la oscuridad más completa sobre todo lo demás.
    "Cuando volví en mí, con una fatiga considerable en todas las articulaciones, estaba cubierto de un sudor pegajoso, con cefalalgia intensa y el recuerdo exacto y preciso de lo que le relato.
    "A1 día siguiente encontré las dos rosas en el suelo...
    "Tengo un temor y quiero decirle cuál es, para terminar. Tengo el temor de que usted crea que es una mistificación, como hubiera podido ocurrir de ser más joven y de dirigirme a un hombre de otro carácter que el suyo. Espero, señor, que el tono sincero de esta carta disipará toda sospecha, sobre
    todo cuando mi objeto es sólo instruirme, si puede ser, y curarme de lo que considero como una verdadera enfermedad. "

    LA SALIDA DEL CUERPO ASTRAL EN EL MOMENTO DE LA MUERTE
    Observación de Jackson-Davis
    Mis facultades de vidente me han permitido estudiar el fenómeno psíquico y fisiológico de la muerte en la cabecera del lecho de una moribunda.
    Era una señora de unos sesenta años, a quien yo había dado frecuentemente consejos médicos. Cuando llegó la hora de la muerte estaba yo, felizmente, en perfecto estado de salud, que me permitía ejercer libremente mis facultades de vidente. Me situé de manera que no fuera visto ni molestado en mis observaciones psíquicas, y me puse a estudiar los misteriosos procedimientos de la muerte.
    Vi que la organización física no podía ya bastar a las necesidades del principio intelectual, pero varios órganos internos parecieron resistir a la partida del alma. El sistema vascular luchaba por retener el principio vital. El sistema nervioso, con toda su fuerza, contra el aniquilamiento de los sentidos físicos, y el sistema cerebral trataba de retener el principio intelectual. El cuerpo y el alma se resistían a su separación absoluta. Estos conflictos interiores parecían primero producir sensaciones penosas y confusas. Así pues, me sentí feliz cuando me di cuenta de que esas manifestaciones físicas indicaban, no dolor ni malestar, sino simplemente la separación del alma y el organismo.
    Poco después la cabeza se vio rodeada de una atmósfera brillante. Luego, de repente, vi al cerebro y al cerebelo extinguir sus partes interiores y detener sus funciones galvánicas. Quedaron saturados de principios vitales de electricidad y de magnetismo, que penetraron en las partes secundarias del cuerpo. Dicho de otro modo: el cerebro se hizo súbitamente diez veces más preponderante de lo que era en estado normal. Este fenómeno- precede invariablemente a la disolución física.
    Enseguida observé el procedimiento por el cual el alma o el espíritu se separa del cuerpo. El cerebro atrae hacia él los elementos de electricidad, de magnetismo, de movimiento, de vida, de sensibilidad, repartidos por todo el organismo.
    La cabeza aparecía como iluminada y observé al mismo tiempo que las extremidades se ponían frías y oscuras. El cerebro tomaba un brillo especial.
    Alrededor de esta atmósfera fluídica que rodeaba la cabeza, vi formarse otra cabeza que se dibujaba más y más claramente. Era tan brillante que apenas podía mirarla, pero a medida que esta cabeza fluídica se condensaba, desaparecía la atmósfera brillante. Deduje de ello que esos principios fluídicos que habían sido atraídos de todas las regiones del cuerpo hacia el cerebro, y entonces eliminados bajo la forma de una atmósfera particular, estaban antes sólidamente unidos, según el principio superior de afinidad del universo que siempre se deja sentir en cada partícula de materia. Con sorpresa y admiración seguí las fases del fenómeno.
    De igual manera que la cabeza fluídica se desprendía del cerebro, vi formarse sucesivamente el cuello, los hombros, el torso, y, en fin, el conjunto del cuerpo fluídico. Para mí fue evidente que las partes intelectuales del ser humano están dotadas de una afinidad electiva que les permite reunirse en el momento de la muerte. Las deformidades y defectos del cuerpo físico habían casi enteramente desaparecido del cuerpo fluídico.
    Mientras que se desarrollaba este fenómeno espiritualista ante mis facultades especiales, por otro lado, para los ojos materiales de las personas presentes en la habitación, el cuerpo de la moribunda parecía sufrir síntomas de molestia y dolor, pero eran ficticios, porque sólo provenían de la salida de las fuerzas vitales e intelectuales que se retiraban de todo el cuerpo para concentrarse en el cerebro y después en el organismo nuevo.
    El espíritu (o inteligencia desencarnada) se elevó en ángulo recto por encima de la cabeza del cuerpo abandonado. Pero antes de la separación final del lazo que había reunido tan largo tiempo las partes materiales e intelectuales, vi una corriente de electricidad vital que se formaba sobre la cabeza de la moribunda y la parte baja del nuevo cuerpo fluídico. Esto me dio la convicción de que la muerte sólo era un renacimiento del alma o del espíritu, elevándose de un estado inferior a otro estado superior, y que el nacimiento de un niño en este mundo o de un espíritu en el otro, eran hechos idénticos. Nada falta allí, ni aun el cordón umbilical, que estaba representado por un cordón de electricidad vital. Este cordón subsistió durante algún tiempo uniendo los dos organismos. Descubrí entonces aquello de que no me había dado cuenta en mis investigaciones psíquicas, y es que una pequeña parte del fluido vital volvía al cuerpo material en cuanto -el cordón o unión eléctrica estaba roto. Este elemento fluídico o eléctrico, difundiéndose por todo el organismo, impedía la disolución inmediata del cuerpo.
    No es prudente enterrar el cuerpo antes de que haya comenzado la descomposición. Frecuentemente todavía no se ha roto el cordón umbilical de que he hablado. Esto sucede cuando algunas personas que parecen muertas vuelven a la vida al cabo de uno o dos días y refieren sus sensaciones. Ese estado ha sido llamado letargia, catalepsia, etc., pero cuando el espíritu se ve detenido en él momento en que deja el cuerpo, el cerebro pocas veces recuerda lo que ha pasado. Ese estado de inconsciencia puede parecerse al aniquilamiento para un observador superficial, y esta interrupción momentánea de la memoria sirve a menudo de argumento contra la inmortalidad del alma.
    En cuanto el alma de la persona a quien observaba se vio libre de los lazos terrestres del cuerpo, comprobé que su nuevo organismo fluídico era apropiado para su nuevo estado, pero que el conjunto se asemejaba a su apariencia terrestre.
    Me fue imposible saber lo que pasaba en aquella inteligencia rediviva, pero observé bien su calma y asombro por el profundo dolor de los que lloraban junto a su cuerpo. Ella pareció darse cuenta de la ignorancia de aquéllos sobre lo que realmente había ocurrido.
    Las lágrimas y las excesivas lamentaciones de los parientes no provienen sino del punto de vista en que se coloca la mayoría de la Humanidad, es decir, de la creencia materialista de que todo acaba con la muerte del cuerpo. Puedo afirmar, por mis diversas experiencias, que si una persona muere de muerte natural, el alma no experimenta ninguna sensación penosa.
    El período de transformación que acabo de describir dura aproximadamente dos horas, pero no es exactamente igual para todos los seres humanos. Si pudierais ver con los ojos físicos, percibiríais junto al cuerpo rígido una forma fluídica que tiene la misma apariencia que el ser humano que acaba de morir, pero esta forma es más bella y está como animada de una vida más elevada.

    Observación del Dr. Cyriax
    La manera como han descrito la muerte centenares de videntes prueba que el alma o el espíritu sale de su envoltura mortal por el cráneo. Dichos videntes han observado que en seguida que esta salida se ha verificado se eleva por encima de la cabeza una nube vaporosa que, tomando la forma humana, se condensa poco a poco y se parece cada vez más a la persona muerta. Cuando este cuerpo fluídico está formado queda, sin embargo, unido durante algún tiempo al despojo mortal por un cordón fluídico que parte de la región intermedia entre el corazón y el cerebro.
    La muerte no es nada por sí misma, pero hay dificultades para morir, como las hay para nacer. Algunas personas tienen la sensación de su muerte; otras, muy poco. Para la mayor parte, la muerte es parecida a un sueño producido por un narcótico. Esto es lo que explica por qué, despertándose en otro mundo, no sabe dónde están. A1 morir, el ser humano no se hace mejor ni peor: es simplemente una evolución superior que obedece a leyes primordiales.

    http://inquietudesespiritas.blogspot.com.ar/2010/10/el-cuerpo-astral.html
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    LAS TRADICIONES RELATIVAS AL CUERPO ASTRAL
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