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 El embajador que veía fantasmas

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Nemesis
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Nemesis

Desde : 09/01/2009
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MensajeTema: El embajador que veía fantasmas   Sáb Feb 22 2014, 03:12

El insigne Frederic Temple Hamilton Blackwoos, más conocido como Lord Dufferin, fue un de los mejores diplomáticos y embajador que la Reina Victoria de Inglaterra tuvo a su servicio. Hamilton Blackwood sirvió en la India con el título de virrey, fue embajador en San Petesburgo y Roma, y más tarde lo sería de la bella París.

Lor Dufferin, era un hombre que no se dejaba impresionar por historias de fantasmas, muy en boga en aquellos años, y todo lo tamizaba con el uso de la razón y la reflexión. No obstante esto, una extraña experiencia, en todo punto alejada de lo cotidiano, iban a hacerle cambiar de opinión y a meditar más profundamente antes de hacer un juicio de valor.

Con motivo de unas breves vacaciones de las que Lord Dufferin pudo disfrutar antes de incorporarse a su embajada en París, éste, aprovechó para ir a visitar a unos amigos de Irlanda, instalándose en una hermosa casa de campo en los alrededores del estado de Cork.

Cierta noche, el embajador despertó en su cama con un extraño sentimiento de ahogo y desazón. No encontraba la explicación a semejante suceso, pues no recordaba haber tenido una pesadilla, y al no poder volver a conciliar el sueño, se levantó de la cama y se puso a dar un paseo por la habitación. Se asomó a la ventana para tomar un poco de aire fresco y se encontró con una bonita luna resplandeciendo por encima de su cabeza y con una brisa apacible y reparadora. Miró hacia el frente y allí vio, oculto entre los árboles que bordeaban el césped, un extraño bulto que se movía. Echó unos pasos atrás escondiéndose tras el marco de la puerta y espero pacientemente a que aquella cosa saliera de su escondite.

En esa postura, observó como un hombre salía de los árboles portando en su espada lo que parecía una caja de madera, alargada y barnizada. Aquel hombre siguió caminando unos pasos y al llegar al lugar donde se encontraba nuestro diplomático, se detuvo, y miró a éste fijamente con una mirada que le taladraba. Lord Dufferin, se horrorizó. Aquella cara que le miraba tan descaradamente, resultaba tan horrible y espantosa que no pudo por menos de sentir un escalofrío. Tan horrible era, que nunca más el diplomático pudo recordarla con detalle; pero lo que sí observó, es que la caja que el extraño portaba sobre sus espaldas, no era otra cosa que un reluciente ataúd.

A la mañana siguiente, Lor Dufferin contó lo sucedido con sus amigos y vecinos pero ninguno de ellos pudo darle detalles sobre el aparecido. En la región, no circulaba ninguna historia de fantasmas y todos creyeron que había sido víctima, probablemente, de una pesadilla. Sin embargo, Lord Dufferin sabía que no era así.

Varios años después,, cuando Hamilton Blackwood apenas recordaba ya su incidente de Cork y ya ocupaba su puesto en la embajada de París, fue invitado a una gala diplomática en el “Gran Hotel”. Al llegar, se dispuso a subir en el ascensor que le conduciría a la planta donde se celebraba la recepción, pero aún no había puesto el pie en el elevador cuando sus ojos repararon de inmediato en el mozo de ascensor y retrocedió instintivamente. Aquel joven no era otro que el hombre que había visto años antes en la casa de campo de Irlanda.

La puerta del ascensor se cerró y el ascensor comenzó a subir sin el embajador dentro. Éste, comenzó a subir por las escaleras, cuando un terrible chirrido de cables resonó por todas partes, acompañado de alaridos de terror. El ascensor se acababa de precipitar desde el tercer piso estrellándose en el sótano.

Como consecuencia del accidente, varios de los ocupantes murieron entre los que se encontraba el mozo ascensorista. Cuando los cadáveres fueron retirados, Lor Dufferin miró de nuevo el rostro del joven tumbado en la camilla y se afianzó en su idea de que era el mismo que había visto en Irlanda.

Después, se dirigió al despacho del director y preguntó quién era aquel hombre. El director del Hotel dijo que no conocía su identidad pues había sido contratado por un solo día como sustituto. Nadie, ni la policía, pudo jamás saber quien era ni de donde había salido. Simplemente, era un desconocido para todos.

Esta historia, auténtica a todas luces, es ya un clásico en la historia de lo extraño en Inglaterra.
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