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 LA ATALANTA BEOCIA, virginal y corredora

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Nemesis
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MensajeTema: LA ATALANTA BEOCIA, virginal y corredora   Lun Abr 28 2014, 21:09

Una de las más famosas carreras de la mitología griega, y del arte en general, fue la que llevaron a cabo Atalanta e Hipómedes: rápida servidora de Ártemis una, fiel y astuto discípulo de Afrodita el otro. ¿Cómo acabaron ambos tirando del carro de la Cibeles?

Ciertas leyendas alaban la belleza de cierta doncella, hija de Esqueneo, cualidad que por decisión de la dueña iba a permanecer inamovible. Decidió permanecer casta a las ordenes de la cazadora, de Ártemis.

Pero tan afamada era su hermosura que los pretendientes acudían a pares, insistiendo en el mal uso de tan excepcionales condiciones. Tanto insistían que Atalanta, cuyo resplandor sólo era superado por su velocidad, les retaba a una carrera: si ganaban, ella, humildemente, se casaría con el campeón, pero si la vencedora resultaba ser la fémina, mala suerte esperaba al derrotado.



Muchos fueron los que intentaron conseguir su mano, mas sus pies lo impedían siempre. Un buen día apareció Hipómedes, hombre gallardo y astuto, que confabuló con Afrodita la derrota de la rápida gacela. La diosa le obsequió con tres manzanas doradas, iguales a aquellas por las que Hércules casi se queda de sostén del universo. El plan consistía en irlas tirando a lo largo de la carrera y, mientras Atalanta se entretenía recogiéndolas, aprovechar la coyuntura para adelantar camino. Dicen las malas lenguas que la muchacha, nada más ver al guapo contrincante, se le quitaron las ganas de correr; no obstante la competición se desarrolló de la siguiente manera: según iban avanzando y cada vez que Atalanta le adelantaba, Hipómedes tiraba una de las manzanas para que la sobrada corredora la recogiera. Con el tiempo que ganó, el discípulo de Afrodita consiguió la victoria.

Así que tras esta carrera ambos quedaron emparejados.

Profundo era su amor y su pasión ardiente pero, ay, se olvidaron de homenajear y alabar a Afrodita, culpable de su unión y su felicidad. Esto no lo perdonaba fácilmente la espumosa así que decidió, con traviesas intenciones, duplicarles un don.

No es que les hiciera mucha falta, ya que -como antes dije- ardían en concupiscente deseo el uno por el otro, pero al menos controlaban su fogoso estado; el caso es que la Chipriota les ofreció su regalo: un deseo incontrolable de yacer juntos, y se lo envió precisamente cuando pasaban al lado de un templo dedicado a Cibeles.

La pareja se pudo contener el tiempo justo como para guarecerse en el interior del edificio, lo minímo que la verguenza más elemental exigía. Ahora bien, una vez dentro, dieron rienda suelta a su pasión sin pensar que otros ojos les obserbaban.

Mientras Afrodita se reía, Cibeles se consumía en su furia, pues estaban mancillando su casa. Con éstas planeó un terrible castigo: los convirtió en leones, animal por otro lado famoso por su escaso recato, y lo que es más, les unció a su carro con fuertes yugos, y para más angustia los condenó no ya sólo a permanecer castos sino a ni siquiera poder contemplarse.

Así que, si alguna vez contemplamos a los leones de cualquier estatua de Cibeles, ya sabemos el porqué de su estrabismo.

(*) Diferenciamos aquí a las dos Atalantas -a la beocia virginal y rápida y a la guerrera y sediciosa arcadia- y a sus dos tradiciones, la mayoría de las veces entremezcladas y quizá herederas de una misma genealogía antigua. Poco se podría entender en esta historia el protagonismo de la virginidad si pensamos en que la arcadia fue esposa de Milanión y tuvo un oscuro romace con Meleagro.


http://www.larevelacion.com/Mitologia/Atalanta.html
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