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     La aberración del campesino del Périgord

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    AutorMensaje
    Nemesis
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    Nemesis

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    MensajeTema: La aberración del campesino del Périgord   La aberración del campesino del Périgord Icon_minitimeJue Mayo 01 2014, 07:03

    Roberto el Piadoso, que a duras penas dominaba su pequeño reino francés y que, amargado y cansado delas intrigas cortesanas, se recogió en un noble y severo ascetismo, a terminar sus espléndidas composiciones y sus himnos, impregnados de austera grandeza.

    En tanto que el piadoso monarca componía su admirable «Veni sanete Spiritus», se insinuaba en su corte el bizantino radicalismo rural, sublimado y filosóficamente refinado. Nada más fácil desde entonces que aprovechar también las ideas modernas en los manejos contra el supuesto tirano.

    Cuando en el año 1019 apareció por la Corte de Roberto de Orleáns un campesino del Périgord, del sudoeste de Francia, como profeta de la secta herética de los mendigos, carente de toda base filosóficoteológica, estaba el terreno abonado para su actuación.

    La misma ambiciosa reina Constanza se encargó de presentarle a su confesor aquel campesino del Périgord, que ella trajera consigo de Aquitania, «tierra de herejes», a la corte. Además de ellos, asistieron a la entrevista algunos nobles y clérigos de la Iglesia de la Santa Cruz de Orleáns, todos muy piadosos y respetados en el reino.

    Las vestiduras del pobre aldeano eran limpias, bien ceñidas y dobladas las bandas de las piernas y cepilladas con esmero las sandalias. El cabello lo usaba largo y cuidado como el de cualquier noble que en los juegos de corte representase un papel de campesino. Únicamente el rostro difería bastante del de un gentilhombre en papeles de juglar, como si le faltase la indispensable caracterización.

    Su expresión absorta, y al mismo tiempo cruel, la fría quietud de sus ojos y la forma despectivamente huidiza de hablar, causaron en los cortesanos una impresión imborrable. Parecía más soberano, más familiarizado con las trianeras imperiosas de la majestad coronada que el mismo rey Roberto. El dialecto en que se expresaba lo conocían muy bien la reina y el confesor, por haberlo hablado de niños con los criados y criadas nativas.

    Por más que en muchos aspectos pareciese un labriego, era muy superior a cuantos labriegos conocían este que ahora tenían delante; de suerte que bien pronto se sintieron fascinados por él los nobles caballeros nórdicos, a pesar de que la mayor parte no sabía interpretar sus expresiones, giros y parábolas.

    Les bastaba para ello su conocimiento del valor y la osadía.

    Porque aquel hombre estaba hablando y comportándose desde el primer instante con temeridad manifiesta. Si no era un auténtico iluminado, tenía que ser el mismo Satanás quien tan seguro se mostraba de su invulnerabilidad, que ni aun se cuidaba de protegerse razonablemente.

    El coloquio tuvo lugar entre el confesor y el campesino exclusivamente, sin que nadie, ni aun la reina, terciase en él. En cambio, todos escuchaban con la misma atención que hubieran puesto en los lances de un torneo en el que fuese a jugarse la suerte de todo un reino.

    Confesor: «Nada tienes que temer, pues somos…», había empezado estimulando, hasta que sorprendió en el gesto de su colocutor una expresión de sutil ironía y sorprendente confianza, que le obligó a cortar con la precipitada invitación:

    «Puedes hablar.» El campesino repuso que mejor sería que le preguntasen. Y a la pregunta de quién había hecho el mundo, contestó con ésta:

    «¿Cuál?» «El que hay. El mundo de Dios y de los Lumbres» «Hay dos mundos: el visible y el invisible», corrigió el interrogado.

    «Está bien. Está bien. Dinos entonces, ¿quién hizo los dos mundos?»

    «Dios lo hizo todo.»

    «¡Entonces…»

    «Menos el mundo visible», concluyó.

    «Pero, bueno, ¿no dices que Dios lo hizo todo?», insistió el confesor, desconcertado.

    «Dios no hizo más que ordenar el mundo visible, pues lo visible es impuro. Y lo impuro se lo ha cedido al Enemigo.»

    «Pues Cristo, Hijo de Dios, se ha hecho visible en carne mortal», objetó el confesor con visible emoción.

    «El nacimiento visible de Cristo no ha tenido lugar», afirmó rotundo el campesino, sin pestañear.

    Algunos clérigos se pusieron en pie de un salto. El confesor miró a la reina todo sonrojado, como preguntándole mudamente si debería suspender el coloquio o no. Ella le tranquilizó cerrando brevemente los ojos. Pero ahora ya fue el campesino de Périgord quien, con imperioso movimiento de su mano, puso término a la tempestad. Había rogado que le preguntasen y contestado según su leal saber y entender. Llegaba al fin la hora de terminar con las preguntas, tomando él solo la palabra para decir :

    «Cuando Cristo debió ser engendrado, no estábamos presentes nosotros. Nosotros no podemos creer que lo que se pretende fue cierto. Toda carne y toda materia es impura. El matrimonio, puesto que persigue el goce carnal, es un pecado indiscutible. El trato carnal del hombre con la mujer mancha por igual a los dos, y la carne que tomamos como alimento, también impurifica nuestras vidas. El bautismo es una ilusión, porque ningún hombre es susceptible de bautismo. La santa comunión, lo mismo que la confesión, deben ser rechazadas por quiméricas. La jerarquía eclesiástica, con todo su poder y todo su esplendor, no pasa de un engaño, de cosa meramente mundana y repudiable. No hay obra de las que nosotros llamamos piadosas que no sea inútil, engañosa, de fondo estrictamente mundano e hipócrita, merecedora de recusación. Las oraciones salen de labios carnales y van a parar a oídos carnales; son cosa del mundo y debemos renunciar a ellas. No hay ninguna cosa íntima a no ser la fe, única válida entre tantas falaces. Nosotros, los cristianos verdaderos, vivimos de manjares celestiales. Si un verdadero creyente pone su mano sobre vosotros, todas vuestras culpas quedan perdonadas, en cuanto vosotros seáis también creyentes. Con esto hay bastante. Entonces desciende sobre vosotros el Espíritu Santo, a iluminaros el recóndito sentido de las Sagradas Escrituras, y el alma ya no vuelve a sentir. necesidades.»

    Reina, clérigos y cortesanos oían pasmados al campesino, sin dejar sus asientos, ni mostrarse tan escandalizados de su satánica locura como fuera de esperar; más bien parecían encontrar de pronto razonables sus blasfemias, cuando ni el cielo se desplomaba sobre él ni la tierra se abría y lo devoraba.

    En cuanto al disertante, allí estaba frente a ellos sin muestras de emoción, en la actitud correcta y disciplinada de uno de tantos mancebos de la corte, hablando en el mismo tono mesurado de los servidores bien educados. Nada sucedió después de estas increíbles afirmaciones, y el silencio tranquilo con que el cielo y los hombres respondían a tan enorme provocación, parecía darle la razón al retador.

    Aquel auditorio estaba preparado, sin duda, para oír la exposición de una herejía poco corriente y la esperaba del campesino.

    Sólo que la esperaba en forma de doctrina filosófica puramente abstracta, encauzada con palabras susceptibles de sutiles análisis, de adaptación y de interpretación diversa.

    Y el campesino que contemplaban no se limitaba a enseñar, hilando atrevidas teorías, sino que vivía lo que predicaba; no jugaba a distraer a unos poderosos cortesanos, porque los sentimientos y convicciones que ante ellos proclamaba eran auténticos, sinceros y poco halagüeños. El temerario forastero hablaba de hechos, o más bien de un hecho, en el que deberían tomar parte todos, como en un regicidio los conjurados, si bien aquí alcanzaba la conjura insuperable magnitud, al perseguir la muerte de un Dios, que el jefe de la conjura reputaba de Satán.

    Ellos habían esperado la enunciación de ideas de un modernismo extremo, bien meridionales, bien orientales, a las que hasta cierto punto ya propendían. Les hubieran servido las ideas y teorías presentidas para facilitar las intrigas cortesanas y aun para simple entretenimiento, malicioso o sentimental, según el temperamento y el humor de cada cual. Pero aquel campesino no era ningún necio, al que se le pudiera ofrecer una gratificación después de una conversación interesante y despedirlo una vez sonsacado lo que de él querían.

    En unos instantes habían visto desgarrarse el velo de una amable ilusión, para dar paso a la cruda realidad de un poder glacial e ineluctable, superior al del rey Roberto y al del emperador Enrique, más efectivo y resuelto que todos los emperadores y papas terrenos, imperante a buen seguro en proximidad inminente y actuante, aunque invisible, de modo más efectivo que Cristo, cuyo nacimiento se le hacía simplemente increíble al fanático campesino.

    Como si éste leyese los secretos pensamientos de su asombrado auditorio, propuso sonriente, con aquella intrépida franqueza que a todos desarmaba:

    «Dadme la muerte en la hoguera, que a mí ningún daño puede hacerme. Mi alma se está viendo triunfante e inmortal al lado del Rey de los cielos»

    De modo que ni esta solución les quedaba. Las palabras dichas estaban y la acción realizada. Una acción que nadie podría ya desterrar del mundo con sólo quemar al osado ejecutor. Bien al contrario, deberían tratar de conservarlo por todos los medios como las niñas de los propios ojos y protegerlo del rey Roberto, a fin de averiguar por dónde había podido llegar aquel hombre a las creencias que tan firmemente profesaba.

    Y averiguaron, en efecto, qué era lo que había hecho del campesino un hereje. Claro que no lo averiguaron en tres días, como habían esperado, sino en tres años. Durante todo este tiempo llegaron a la condición de adeptos suyos, identificándose con él y olvidando que un día se habían propuesto servirse de la herejía para su intrigas.

    Ahora todo había cambiado hasta el punto de que nobles y clérigos en la corte del rey Roberto anhelaban morir en estado de pureza y les allanaban el camino de la delación a los espías del Rey.

    Con todo, no tuvo lugar hasta diciembre de 1.022 el acontecimiento de condenar a la muerte en la hoguera a doce de ellos, como primeros herejes de Occidente; castigo que en el Derecho Consuetudinario les estaba reservado a los acusados de brujería. A nuestros cortesanos poco les importó ni la tortura, ni lo inadecuado de la calificación jurídica, pues subieron sonriendo a la pira el 28 de aquel mes y en ella perecieron.

    http://oculto.eu/la-aberracion-del-campesino-del-perigord/
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