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 Historia no contada sobre el CRONOVISOR

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Nemesis
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Nemesis

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MensajeTema: Historia no contada sobre el CRONOVISOR   Miér Nov 19 2014, 21:16



Marzo de 1965. Residencia del Papa Pablo VI, Ciudad del Vaticano.

La estancia era muy amplia y siempre permanecía en silencio. Era uno de los lugares más íntimos para los Papas. Invitaba a la reflexión y al recogimiento; menos adornos y lujos de los que uno se pueda imaginar pero confortable y bien iluminada, siempre con una temperatura agradable.

El Venerable Pablo VI (Sumo Pontífice del 21 de junio de 1963 al 6 de agosto de 1978) se hallaba sentado en su escritorio leyendo unas cartas personales mientras esperaba a un invitado por el que sentía un cariño especial. Gustaba de recibirle en sus propios aposentos de vez en cuando para tener una agradable charla sobre temas, digamos, poco tradicionales u ortodoxos. Cuando recibía a este curioso personaje, su secretario montaba una guardia especial a las puertas del dormitorio porque no se fiaba del “chalado que venía a darle conversación al Papa”, dicho en sus propias palabras.

Llamaron a la puerta.

- Adelante -dijo en Papa en voz alta-.

- Santidad, el Padre Ernetti -anunció el secretario-.

- Que entre y cierra la puerta. Muchas gracias.

- Le recuerdo que la guardia esta fuera para lo que necesite, Santidad.

- Que sí… -dijo el Papa con voz cansada-.


Hizo acto de presencia el Padre Ernetti Pellegrino. Benedictino de 40 años y astrofísico. Su destino era la isla de San Giorgio en Venecia. Allí realizaba diversos estudios relacionados con la ciencia junto a otros científicos de gran renombre. Aquella isla, junto con los laboratorios del propio Vaticano, era de vital importancia para los Papados, siempre interesados en tener en nómina a los mejore..

Después de la Segunda Guerra Mundial, el nuevo orden mundial se estableció entorno a dos polos, la URSS y Estados Unidos. Desde entonces, la carrera espacial, la medicina, la biología, la física, etc., tenía a los mejores pensadores distribuidos en dos países, que se tiraban los trastos a la cabeza. Sin embargo, una de las empresas más grandes del mundo, la Iglesia Católica, prefirió trabajar en secreto, con suma discreción, mientras el mundo les miraba como si fueran simples sacerdotes que sólo pensaban en Dios y en la Virgen. Muy al contrario, una gran cantidad de científicos trabajaban para el Vaticano, vestidos con sotana, sí, pero tratando con temas que harían palidecer a cualquier americano o ruso que se preciara. Y eran muy buenos. Pero Ernetti era mejor.

- ¡Ernetti, amigo! Pasa. ¿Te han molestado los guardias?

El astrofísico no terminaba de acostumbrarse a la cercanía de los Papas. Al primero que conoció fue a Pio XII, y gracias a él principalmente pudo desarrollar sus ideas en un ambiente muy cómodo y económicamente holgado. La amistad que tuvo con éste decayó con Juan XIII, el Beato, con quien apenas tuvo encuentros, sin embargo, este nuevo Papa, que ya llevaba dos años al frente del Pontificado, era muy inquieto, y enseguida se preocupó por los proyectos de Ernetti.

- Santidad, buenas tardes -Se arrodilló para besar el anillo-.

- Oh, por favor, Pellegrino, vienes a ver a un amigo. Anda, toma asiento.

Ambos caminaron hacia un lado de la estancia, en donde se encontraban dos cómodos sillones y una mesita baja.

- ¿Quieres tomar algo? ¿Un vaso de vino y galletas de mantequilla, por ejemplo? -preguntó el Papa-.

- No gracias, Santidad. He merendado hace un rato -contestó Ernetti, abrumado por la hospitalidad-.

- Muy bien. Entonces dime ¿qué tal va la cosa? ¿Habéis arreglado ya el telescopio? Porque tengo ganas de volver a San Giorgio a probarlo.

- Santidad -empezó Ernetti con cierto temblor en la voz-. Hoy he venido porque necesito hablar con usted. Hace ya dos años que le conozco y me siento halagado por el interés que muestra en mi trabajo. Durante todo este tiempo he podido observar que tiene una sensatez especial en cuanto a las cuestiones que la ciencia nos plantea como religiosos y es por esto que me he decidido a mostrarle las grandes dudas que me están asaltando y que me es difícil entender.

El Papa se mostró extrañado por la forma de hablar del Padre Ernetti, tan directa. Habitualmente las conversaciones iban derivando de tema en tema y en un tono bastante coloquial. Nunca aquel benedictino le asaltó con esa seriedad y nerviosismo. Siempre era servicial y esperaba a que el Papa formulara alguna pregunta o sacara algún tema de conversación. Esta vez era diferente. Ernetti quería llegar a algún sitio. Parecía preocupado.

- Amigo, veo que hoy vas al grano. Mi secretario me dijo la semana pasada que estabas muy interesado en que nos viéramos hoy y tengo que decirte que también me ha dicho que te mostraste irascible. ¿Es eso cierto?

- Si, Santidad. Le pido perdón.

- ¿Acaso tienes alguna crisis de Fe? Tranquilo. No pasa nada. Es normal. -El Papa respiró tranquilo-.

- No es una cuestión de Fe, Santidad -atajó Pellegrino-. O eso Creo. Pero los últimos acontecimientos han hecho mella en mi y siento el peso de demasiados años de investigación sobre mis hombros.

-¿Demasiados? ¿Estas cansado? -rió el Pontífice-, vamos Ernetti, ¡tienes cuarenta años! no hables como yo…

- Estos últimos ocho años, en San Giorgio, han supuesto para mi un desgaste importante, más mental que físico y ahora que he llegado al final de un inesperado camino, tengo que ponerle al corriente de algo importante. No puedo callar por más tiempo o será peor para mi salud mental.

- ¿Al final de un inesperado camino? -El Papa no entendía nada-. A ver, ¿dimites? ¿lo dejas? ¿quieres otro destino? ¿Qué narices te pasa? ¡Me haces hablar mal y todo!

El joven benedictino bajó la voz mirando para ambos lados y se echó hacia adelante en el sillón.

- Aquí no, Santidad. Necesitamos más intimidad.

- ¿Qué dices, hijo? -El Papa no había escuchado bien-.

- Que no puedo hablarle aquí. Deberíamos irnos a otro sitio.

El Papa también se incorporó en su asiento para captar las palabras del astrofísico. La situación era casi cómica.

- ¿Por qué bajas la voz? No te oigo Ernetti, me estas sacando de quicio.

- ¡Que aquí no! -gritó desesperado Ernetti.

La puerta de la estancia se abrió de golpe y la guardia hizo acto de presencia junto con el secretario.

- ¿Ocurre algo, Santidad? -dijo éste último.

- ¡Nada! -dijo el Papa sin apartar la vista de su contertulio-. Que me vais a matar de un disgusto. Cierra la puerta, por favor.

Recompuso su gesto e intentó centrar la conversación.

- Ernetti ¿Dónde pretendes hablar de cosas importantes de manera discreta si no es en mi propio dormitorio?

- Dicen que las paredes oyen. Que por su propia seguridad se graban cosas… Que existen algunos sistemas de monitorización que velan por usted…

- Al grano, amigo. ¿Qué quieres?

- Hablar con usted en un lugar más seguro. El lugar más seguro, en donde nadie ni nada pueda registrar lo que tengo que decirle. Ahora mismo, o mañana si prefiere. Nunca le he pedido nada. Y créame que me ha costado mucho tiempo tomar esta decisión tan atrevida. Santidad, usted y yo a solas de verdad, fuera de sus aposentos.

- Espero que sea importante, Pellegrino -dijo el Papa mientras se levantaba trabajosamente y se acercaba a la puerta.

Al abrirla se tropezó con su secretario, que, apoyado desde fuera e intentando cotillear lo que ocurría, cayó sobre el Pontífice. Éste le sujetó para que no fueran a parar a la alfombra. Ernetti miraba la escena con los labios apretados y las cejas arqueadas.

- ¿Lo ve, Santidad?

- Lo veo, Padre… -dijo con irritación Pablo VI mientras miraba a ambos con gesto irritado.

-¡Me tenéis contento! -miró entonces fijamente a su secretario- prepara la Capilla Sixtina para mañana por la tarde. Quiero enseñársela al Padre Ernetti.

-¿Cómo dice, Santidad?

Al día siguiente

La mañana transcurrió sin sobresaltos ni emociones fuertes para el Papa. Sin embargo, para Ernetti fueron unas horas muy tensas. Quería que su descubrimiento, o su invento, porque no lo tenía claro aún, llegara con total claridad al Pontífice, que pudiera ver el alcance real de los hechos que esa misma tarde iba a poner en su conocimiento. Repasó documentos, intentó aprenderse una especie de discurso con el fin de que todas las ideas quedaras expuestas correctamente. <>, se decía. No era un oyente cualquiera.

Y llegó el momento. A eso de las 15:00 horas volvió a desplazarse desde Venecia al Vaticano. Como siempre, personal del servicio vino a recogerle puntualmente. Al dejarle a las puertas de la residencia papal, el benedictino se quedó un instante como ido, perdido, mirando sus propios pies mientras esperaba que le abrieran. Aquella tarde podría ser el principio del fin del mundo tal y como lo conocía.

Fue el secretario personal del Papa, el Padre John Magee “el cotilla” el que le introdujo de nuevo en los aposentos. Recorrieron los pasillos en silencio hasta llegar a una especie de saloncito.

- Espere aquí, padre -dijo Magee-. Enseguida vendrá Su Santidad.

- Muy bien, gracias -contestó Ernetti visiblemente nervioso.

Al cabo de un par de minutos divisó una figura al fondo de uno de los pasillos. Era Pablo VI, de nuevo.

- Ven conmigo Pellegrino -anunció el Papa guiñándole un ojo-. Padre Magee, puedes retirarte, gracias.

Comenzaron a caminar por las estancias tranquilamente, Ernetti ligeramente por detrás del Sumo Pontífice. Parecía una tarde de silencios. Nadie hablaba. Al cabo de un par de salones atestados de adornos lujosos, accedieron a un pequeño ascensor. Le pareció extraño al benedictino no encontrar personal de seguridad por la zona. El elevador les llevó a una pequeña capilla desde la que se accedía a la Basílica de San Pedro. ¿Cuántos corredores secretos tendrían aquellas instalaciones? ¿Cuántos ascensores, pasadizos o falsas puertas se habrían construido? Todo por la seguridad de un hombre.

Después de otro largo pasillo, desembocaron ante las puertas de la Capilla Sixtina, antiguamente utilizada como capilla de la fortaleza vaticana. Allí, dos alabarderos, suizos y solteros, como mandaba la tradición, custodiaban la entrada. Al ver al Papa acercarse se pusieron firmes de un taconazo que resonó en el frío pasillo como un petardo. Pablo VI miró a los ojos al soldado más antiguo que por norma siempre se colocaba a la derecha de la puerta.

- Abridnos y cerrad por fuera hasta nuevo aviso.

Acto seguido, los soldados retiraron las cadenas que cerraban las puertas y las abrieron. Ernetti, impresionado por los movimientos de los soldados y lejos de tranquilizarse, soltó una risa nerviosa que fue captada por el Papa, que le miró con gesto de sorpresa.

-Venga. Pasa, amigo.

Ambos pasaron al interior y los soldados cerraron la estancia volviendo a echar las cadenas. Después, volvieron a su posición de descanso mirando al frente, despaldas a la puerta, como si fueran autómatas. Nadie pasaría si no lo autorizaba el Papa.

Ernetti había estado alguna vez en la Capilla Sixtina pero, evidentemente, como un visitante más; sólo era un pobre sacerdote acostumbrado a ver la estancia llena de turistas y guardias de seguridad privada diciendo cosas como “no picture”, “no photo”. No pudo por más que quedar con la boca abierta ante tanto esplendor. Aquella habitación estaba envuelta un halo tan especial…

Fue Pablo VI quien sacó del ensimismamiento al benedictino.

- Dicen que si subes hasta el techo y escudriñas pacientemente los frescos puedes descubrir cosas increíbles y extrañas. Mensajes que los pintores dejaron para la posteridad, invisibles desde aquí. Se rumorea que Miguel Ángel pintó a alguien en una postura obscena en la que sus manos están la adoptando posición de una cornamenta satánica. ¿Tú qué opinas?

- Santidad, cualquier cosa es posible -dijo Ernetti boquiabierto, con la cabeza tan estirada hacia arriba como cuando pudo visitar Nueva York y sus rascacielos.

Se encontraban paseando. Más bien, el Papa seguía, divertido, los pasos del benedictino que, sin darse cuenta, caminaba sin mirar dónde pisaba.

- Amigo. No te he traído aquí de visita turística. Más bien, tú me has traído hasta aquí. Y te dije que más vale que fuera importante.

Ernetti despertó del embrujo y descendió a tierra.

- Lo es -anunció con un gesto adusto-.

Al fondo de la capilla se habían dispuesto un par de silloncitos, una mesita redonda, dos vasos de agua grandes y una estufa. Su secretario era un detallista, al parecer.

- Santidad, ¿cuándo se han colocado estos asientos?

- Hace unos minutos. El Padre Magee los ha dispuesto a instancia mía. ¿No pretenderás tenerme de pie?

- ¿Estamos sólos, santidad? ¿Nadie nos escucha?

- ¡Estamos en la Capilla Sixtina! Aquí elegimos a los Papas en el más absoluto de los secretos. Tienes a dos guardias suizos fuera y la puerta tiene cadenas. Por favor, Ernetti te estás volviendo un paranoico. Y deja de llamarme Santidad cada dos por tres. Estamos solos. ¡Desembucha o te excomulgo aquí mismo!

Tomaron asiento a la vez. Ambos se miraron a los ojos y transcurrieron unos segundos durante los cuales Ernetti incluso dudó de comenzar la exposición.

- ¿Y bien? -dijo el Papa arquenado las cejas-.

- Escuche con atención -se levantó. No podría hablar sentado. No con esos nervios. Comenzó a deambular cabizbajo delante de su interlocutor mientras intentaba encontraba las palabras adecuadas. El Sumo Pontífice le seguía con la mirada. Comenzó:

>> Pio XII era un hombre increíble. Fue el primer Pontífice con el que hice migas. Y gracias a él, a sus inquietudes, me hice un hueco en la división científica del Vaticano. Como hombre de ciencia y religioso, siempre he luchado por compaginar ambas vocaciones de la mejor manera. El dinero me llegaba por dos lados; mi sueldo como sacerdote y un presupuesto razonable para los proyectos.

>> Un día, en una de nuestras charlas, la cosa derivó hacia mi especialidad, la astrofísica, como usted sabe. Conversamos sobre la luz, el tiempo y el espacio y qué vemos cuando nos asomamos al cielo nocturno. Nos pusimos serios y quise mostrarle mis ideas respecto a un proyecto que tenía en mente. Sólo estaba en la fase de recopilación de información, en un estadio teórico, pero había encontrado datos suficientes que me indicaban que mis formulaciones no eran para nada locas. Esto sucedió hace ahora 10 años. Desde entonces hemos estado investigando y haciendo varias pruebas…>>

El Papa, que escuchaba con atención, dio un respingo en su asiento.

- Perdona ¿Hemos? ¿Esto lo sabe tu equipo de San Giorgio?

- No, Santidad. Sólo uno de ellos. Un joven ingeniero. Se llama Antonio Beretta. Es un gran estudioso de los trabajos de Einstein. Trabajamos duro en nuestro tiempo libre en otro laboratorio que nadie usa y después escondemos el material lo mejor que podemos. Nadie se ha enterado de nada salvo Pio XII y usted, ahora. No son buenas maneras de llevar a cabo las cosas, lo sé. Pero nos hemos apañado como hemos podido.

- ¿Y por qué no ha venido contigo ese colega tuyo?

- Como nunca le he hablado de esto a usted… pues supuse que sería difícil… que accediera a verle también a él… No sé. He preferido mantener este canal entre dos personas únicamente -el astrofísico seguía moviéndose por los alrededores del Papa mientras gesticulaba nerviosamente-.

- De acuerdo. A ver si me aclaro. Ese tal Beretta y tú habéis trabajado en algo que te ha provocado un malestar importante una vez finalizados los experimentos. ¿Cierto?

- Buen resumen, sí -contestó Ernetti-.

- Muy bien. Ahora hazme un favor. Siéntate que me estas mareando y ve al tema que nos trae -dijo el Papa con tono amenazante mientras tomaba un sorbo de agua-.

- A eso iba… -titubeó el benedictino-. Se sentó y continuó su exposición templando algo más los nervios.

>> El tiempo no es nada en el infinito cósmico. Todos los acontecimientos del mundo, desde la construcción de las pirámides o el asesinato del César, Santidad, hasta el simple gesto que acaba de hacer al levantar su vaso, no dejan jamás de existir. Se alejan de nosotros, llevados por la luz.

>> Los que nosotros llamamos “el instante presente” es como un punto en una esfera fabulosa que no deja de inflarse en expansión constante a la velocidad de la luz. Visto desde la Luna, nuestro mundo se muestra tal y como era hace un segundo. Un espectador situado en las cercanías del Sol nos vería tal como éramos hacía ocho minutos. Desde la estrella Alpha Centauri se ve nuestro mundo entorno al año 1900. Para la Estrella Polar, Napoleón podría estar a punto de obtener la victoria de Austerlitz.>>

Aquellas palabras resonaron en el ambiente de una manera armoniosa, fundiéndose con las pinturas centenarias del techo. Los oídos los frescos parecían haber captado el sentido de lo que Ernetti estaba diciendo. Si pudieran hablar. ¿Cuántas cosas interesantes podrían contar sobre todo lo acontecido en aquel habitáculo?

- ¿Continúo? -solicitó educadamente Ernetti-.

- Por favor… -acertó a decir Pablo VI, que ahora era el que tenía la boca abierta-.

>> Según la teoría del “átomo primitivo”, en los orígenes habría una partícula gigante, de una masa igual a la masa total del Universo. A raíz de una explosión, esa partícula o átomo se habría fragmentado, y cada parte habría proseguido su carrera “infinita”. Un fenómeno al que se denomina expansión del Universo.

>> Según mi teoría, bueno, nuestra teoría, las ondas electromagnéticas emitidas por todos los seres vivientes, son indestructibles aunque se vayan atenuando. Siguen existiendo ondas emitidas en el pasado, huyendo en el espacio a la vez que se expande el universo. Algunas fuentes radioeléctricas que nuestros astrónomos captan, son, de hecho, antiguas vibraciones emitidas antaño en la Tierra. Esas ondas pueden captarse gracias a los radiotelescopios de hoy en día y traducirse en imágenes.>>

El astrofísico dejó de hablar. La sala, la enorme sala, quedó en silencio mientras los ecos de aquellas palabras, casi mágicas, se perdían. ¿O tal vez no se perdían? ¿Permanecerían? ¿Podrían captarse en cualquier momento los ecos del pasado? La mente de Pablo VI maquinaba ahora a gran velocidad.

- ¿Me estas diciendo que todo queda registrado y que con la técnica adecuada podemos recuperar acontecimientos?

- Absolutamente, Santidad. Nosotros lo hemos conseguido. Realmente ya lo han conseguido algunas personas, lo que ocurre es que todavía no han identificado el fenómeno y lo denominan de otra manera más comercial: “voces del más allá”. Hace seis años que este tema ha salido a la luz y no ha venido sino a confirmar mis teorías. Un simple magnetófono puede captar voces del pasado, aunque es también cierto que hay otras grabaciones extrañas que, supongo, tardaremos muchos años en descubrir de dónde vienen. Nosotros hemos dado un paso más. Hemos conseguido imágenes.

- Pero vamos a ver -intentó reflexionar el Papa en voz alta, todavía incrédulo por lo que acababa de escuchar- ¿Por qué no me has puesto al corriente de esto antes?.

- Santidad. No lo sé, de veras. Unas pruebas nos han ido llevando a otras y hemos estado enfrascados con otros experimentos convencionales… Beretta y yo confiábamos en que no llegaríamos a nada…

- ¿Y estas seguro de que nadie sabe esto? Porque vamos, ¡es de noticiero de las tres! o de psiquiátrico Ernetti, o de psiquiátrico… Es que es como si me dijeras que ahora puedes encender tu máquina, o lo que sea eso, y hacerle una foto a qué se yo… a un mamut vivito y coleando, por ejemplo.

Ernetti soltó de repente otra risa nerviosa y se echó una mano, muy temblorosa, a su bolsillo derecho. Extrajo lo que parecía un papel de tipo fotográfico doblado en dos, visiblemente arrugado.

- No Ernetti. No has hecho una foto a un mamut… Me da algo aquí mismo…- dijo el Papa mirando fijamente aquel papelajo mientras se levantaba de un golpe como huyendo de aquel momento.

- A un mamut exactamente no. A un primo mayor -acertó a contestar el benedictino mientras se levantaba igualmente y le tendía el preciado documento-.

El planeta entero pareció callarse, acongojarse durante los instantes en los que Pablo VI miraba la fotografía. Una vez más la Capilla Sixtina asistía a un acontecimiento único y secreto.

Al desdoblarla, el Papa pudo ver una imagen en colores mates. Un paisaje montañoso, muy verde, con sus árboles y su hierba alta. También su cielo azul muy intenso; una bella panorámica. En la parte derecha de la imagen un protagonista, un animal erguido sobre sus dos patas traseras, no en primer plano, pero bien definido.

- Pellegrino, dime que esto es una broma por favor -dijo el Sumo Pontífice mientras empezaba a perder el equilibrio-. Dime que esto no es un….

- Un auténtico, verdadero, grandioso y vivo Tiranosaurio Rex, Santidad…

En aquel preciso instante, las emociones se intercambiaron por completo. Ernetti, tranquilo por haber descargado parte de la tensión, dejó de temblar, pasando el testigo al Papa que necesitó buscar asiento inmedietamente, dejando caer la fotografía al suelo de la capilla, momento en el que las pinturas cotillearon desde arriba. Pellegrino corrió a recoger aquel tesoro y fue a ayudar a Pablo VI a que se sentara con más facilidad.

El astrofísico esperó alguna reacción, alguna contestación de parte de aquella mente que tan bien había acogido sus intereses intelectuales. Una mente que ahora parecía embotada y shockeada a la vez.

El papa permaneció cabizbajo durante un minuto mientras Ernetti lo contemplaba con un cariño casi de hijo. Finalmente levantó la mirada en busca de la de aquel científico loco. A ambos se les saltaron las lágrimas. Pero Ernetti no podía tener compasión; tenía que seguir con la historia. Aún quedaba otra pequeña sorpresa en esa imagen.

- Santidad -dijo Pellegrino tendiéndole de nuevo la fotografía- le ruego que siga observando. Sé que es un momento difícil de asimilar pero temo que tendrá que seguir escuchándome. Vuelva a contemplar al animal y dígame qué ve.

El Papa cogió la foto de nuevo, sin apartar la vista de su amigo. Cogió valor y volvió a mirar. No acertaba a decir palabra. Todo el carácter y la locuacidad parecían haberse marchado. Estuvo largo rato mirando la foto esperando poder acostumbrarse a la visión. Sólo después de un largo rato logró recuperar parte de su presencia de ánimo.

- Veo que sí, que es un Tiranosaurio con sus patas traseras tan características, su mandíbula… pero Ernetti ¿Sabes lo que significa todo esto si resulta que no me engañas?.

- Esa pregunta tendrá más relevancia si se fija en la piel del bicho, Santidad. Mírela con cautela -anunció el astrofísico con un tono de misterio-.

El papa se acercó un poco más la imagen para acomodar la visión. El animal parecía bien enfocado, sin embargo, no lograba ver bien la arrugada piel del Tiranosaurio, parecía algo borrosa, como si hubiera algo que entorpeciera la visión de los detalles o como si “algo” cubriera el cuerpo de aquel monstruo.

- No lo veo bien, hijo. ¿Qué es?

- Santidad… son plumas. Plumas por todo el cuerpo. ¿Se da cuenta? Plumas en un gran dinosaurio. No en un Pterodactilo o en otras aves de la época. En los saurios de mayor tamaño. Los antropólogos, arqueólogos, los biólogos o quien quiera que haya estudiado a estos animales, los ha reconstruido sin plumas, puesto que faltaba información. Sin embargo, aquí tenemos de primera mano la Historia de los dinosaurios, ahora sí, con mayúsculas. Hemos conseguido fotografiar Velocirraptores también y algún que otro herbívoro mayor, todos ellos, con abundantes plumas en alguna parte de su cuerpo.

Esta máquina puede contarnos la verdad absoluta de todos los acontecimiento que hayan ocurrido. Sólo hay que hacerles unas cuantas fotos.

Pablo VI recobró su integridad de un plumazo, nunca mejor dicho. Permaneció callado y mirando como a la nada, continuando con la asimilación de la información, intentando ir más allá en todo aquello. Empezaron a asaltarle algunas ideas un tanto preocupantes. Aquel joven y su artefacto se convertían en algo peligroso de repente. Adoptó un gesto adusto.

- ¿Puedes viajar con esa cosa a placer por el tiempo? -preguntó cada vez más preocupado Pablo VI-

- No exactamente, Padre. Pero podremos. -Ernetti se puso algo serio también-. Le explicaré:

>>Lamentablemente, y como le comentaba antes, el universo se expande constantemente. Todo tiende al desorden, por lo tanto, nos cuesta mucho obtener fotografías que nos digan algo interesante. Hacemos unos cálculos tremendos y que nos llevan días antes de poder lanzar una foto bien dirigida hacia algún sitio del tiempo remoto. Es como si pretendiéramos hacer fotografías con flash en plena noche, para que me entienda. No sabemos lo que va a salir. Después de muchos cálculos, hemos afinado un poco hacia donde habría que “dirigir” la máquina para que tome una instantánea de algún período concreto de la historia. Aunque en ningún caso hemos podido conseguir primeros planos.

>> Un ejemplo. los cálculos realizados para poder conseguir este Tiranosaurio nos llevaron cerca de dos semanas y ya no nos valen, puesto que las ondas electromagnéticas residuales de aquella edad de la tierra se alejan ahora mismo, mientras hablamos, a la velocidad de la luz, y si quisiéramos realizar una segunda imagen cercana en el tiempo a ese animal, tendríamos que recalcular todo de nuevo. Igual que si usted, Santidad se encontrara pescando en un lago en el que los peces se están alejando constantemente y usted necesitara a cada momento una caña más y más larga. No acertaría casi nunca…>>

Pablo VI interrumpió:

- Si acertaría si mi caña fuera retráctil y llevara un motor que desplegara los tramos de la caña a la misma velocidad a la que se desplazan los peces.

- ¡Bravo!, Padre -respondió más excitado aún el benedictino-. Ha acertado de lleno. Continuó su exposición.

>> Ahí está la clave. Necesitaríamos una gran herramienta que sepa contener en su mano el mapa del espacio tiempo en su constante expansión; el universo que no para de crecer. Y que pueda leerlo mientras se mueve a la velocidad de la luz acompasándose con él. Con una capacidad que ahora mismo ni imaginamos… quizá con elementos que todavía no conocemos y mecanismos que el ser humano todavía no ha soñado diseñar. Necesitamos tiempo. Necesitamos un Superordenador. Pero para eso queda mucho tiempo. La electrónica está en pañales todavía, Santidad. Sin embargo hemos hecho algunos cálculos a grosso modo y creemos que entes del año 2020 podríamos tener la tecnología suficiente para construir alguna computadora lo suficientemente potente como para conseguir algo parecido a lo que buscamos.>>.

- No es mucho tiempo… -el rostro del Papa se endurecía a cada palabra, imaginando las repercusiones que todo aquello podría tener para la sociedad… y la Santa Iglesia Católica.

- Por supuesto que no, Padre -respondió Ernetti-. Pero es harto difícil la tarea, según nuestros cálculos, tendría tanta potencia que podría resultar peligrosa para la salud, seguramente mediría varios kilómetros y tuviera que ser enterrado bajo tierra. No estaría mal construir alguno en pleno corazón de Europa. Lo tendríamos cerca para visitarlo cuando seamos mayores.

- No me hace gracia. Yo Ya soy mayor. -cortó secamente el Papa-. Vamos a ver, Ernetti. Tú eres un hombre de ciencia, los dos lo sabemos. Pero resulta que los dos somos religiosos y sé que llevas ya rato esquivando, como yo, determinado tema de conversación. ¿Sí?

Al benedictino no le cabía duda alguna de la tremenda inteligencia del Papa y de cómo había llegado a conocerle, después de tantas charlas.

- Si, Padre. El final del camino inesperado del que le hablaba al principio, aquel que había hecho mella en mí es la posibilidad de fotografiar a Jesucristo. Saber quién era y lo que pasó realmente. Usted sabe como yo, Santidad, que la sociedad avanza hacia el laicismo y el cientificismo. Lo que ahora son conjeturas, mañana puede que sean hechos y quizá no les importe a nuestros descendientes de dentro de cincuenta o cien años, por ejemplo, escribir de nuevo la historia sin ningún pudor, pasando por alto la Fe o cualquier creencia. Quizá dentro de ese tiempo, o quizá no de tanto tiempo, Santidad, haya determinada gente importante instalada en los altos poderes a los que no les importe destruir el trono de San Pedro, nuestra religión o lo que haga falta simplemente porque no han encontrado a Jesús en sus carretes o porque era un tipo normal.

- Basta, Ernetti -pero no fue suficiente para parar a un hombre que había venido a sincerarse-.

- Y le digo más -continuó el astrofísico- Quizá ahora hablamos de fotografías. Pero puede que estemos subestimando a las generaciones futuras. Quizá se descubra cómo grabar los discursos, en directo desde el pasado, de Nuestro Señor. ¿Se imagina ver la Pasión real de Jesucristo en un canal dedicado a documentales? o peor aún ¿Se imagina a un Jesucristo que sobrevivió a la Cruz o diciendo que no quería templos en su nombre?..

- ¡Basta! -vociferó el Papa. Un espumarajo de saliva, que enmudeció al personal pintado en el techo, se clavó como una saeta en el suelo de la Capilla Sixtina-. ¡Vas a destruir ahora mismo ese engendro del diablo!.

- Padre… -quiso responder Ernetti-.

- ¡He dicho que basta y que destruyas ahora mismo esa máquina! como no lo hagas…

- ¡Padre sólo una pregunta, por favor! -imploró el astrofísico llorando-.

- ¿Qué…?

- Usted se muestra siempre bastante moderno y tolerante ante los descubrimientos de la ciencia. Dígame ¿Buscamos a Dios o la Verdad, sea cual sea?.

- ¡La verdad es Dios!

Dos días después

Aquel atardecer era bellísimo. Roma resplandecía como pocas veces. Algunas parejas de enamorados paseaban tranquilamente por sus callejuelas cogidos de la mano. La ciudad del amor eterno. El resto de personal, turistas en su mayoría, andurreaban, mapas en mano, intentando localizar tal o cual monumento.

Entre la gente se encontraba Antonio. No disfrutaba del brillo de la Fontana di Trevi ni buscaba sentarse en los grandes escalones de la Plaza de España. Tampoco buscaba una buena tienda de helados. Antonio huía, corría como alma que lleva el diablo y miraba tras de sí a cada momento. Sus dos perseguidores estaban ahí, mucho más tranquilos que él, a sabiendas de que no se les escaparía. En el interior de sus negras chaquetas se escondía su último recurso; una pistola con silenciador.

Antonio intentaba pensar lo más rápidamente posible. Debajo de sus ropas también se encontraba algo. Un sobre marrón, grueso, lleno de instrucciones, esquemas, diagramas y puede que alguna fotografía. Tenía una misión sencilla. Sobrevivir y escapar. Luego ya vería qué hacer.

Estaba solo. Su colaborador más estrecho, su mentor, había claudicado ante la Santa Iglesia. Pero él no sería tan débil. En un intento por despistarles, recorría las calles más estrechas, deslizándose por el barrio del Trastevere, a espaldas de los límites de Ciudad del Vaticano. La escasa gente que deambulaba por allí facilitaba su localización. Sus captores le estrechaban el cerco.

Cambio de estrategia. Se dirigió nuevamente al gentío que se concentraba en los lugares más turísticos, casi extasiado, tropezando y resollando. Ahora sí buscaba un sitio en particular. Miró hacia atrás nuevamente y vio a esos hombres de negro. Casi ni sudaban. Sin duda, estaban entrenados para perseguir a incautos como él.

<> Minutos después, un nuevo requiebro en una calle y desembocó en la Plaza de San Pedro, majestuosa, grandiosa y atestada. Sin pensárselo dos veces se paró en mitad de la plaza y esperó, echando casi los pulmones por la boca, a que llegaran lo que sin duda eran espías de algún servicio de inteligencia, que recortaban los escasos ochenta metros que les separaban.

Al verles entrar en la plaza, se puso muy tieso y controló los nervios. El personal empezó a separarse de él mirándole con extrañeza. Varios turistas pensaron que se trataba de algún animador o mendigo que quería dinero de forma original. Todos empezaron a hacer corro a su alrededor. Los hombres siniestros se detuvieron, pensaron durante un instante y, tras mirarse a los ojos brevemente, supieron lo que debían hacer. Rompieron el círculo de turistas y se encararon con Antonio. El público seguía pensando que todo formaba parte de alguna parodia callejera y surgió algún aplauso espontáneo.

- ¿Doctor Beretta? ¿Antonio Beretta? -preguntó uno de los dos-.

- ¿Quién lo quiere saber? -contestó Antonio divertidamente y todavía resoplando-

- Policía de Roma, señor. Acompáñenos por favor.

Antonio sabía que no eran policías y que no se alegraban de que hubiera tanto público delante. Probablemente, le hubieran matado de buena gana allí mismo.

- Ustedes no quieren que les acompañe. Sólo quieren esto…

Se echó mano bajo la camiseta azul para extraer el sobre que tan ágilmente se había pegado en la barriga hacía sólo unas horas. Lo sacó y lo levantó a la luz de la tarde. De repente, el público empezó a sospechar que algo serio estaba aconteciendo. Aquello no parecía una comedia. Los hombres de negro permanecían en jarras, pacientemente, mirando al sospechoso con aire de superioridad.

- Esto, señoras y caballeros, escuchen bien es…

- Estése quieto y no le pasará nada. Levante la otra mano y no se mueva -Fue el otro individuo el que habló ahora.

Éste se sacó unas esposas de la espalda y se abalanzó sobre Antonio callándole la boca con un puñetazo muy bien disimulado. Le arrebató el sobre de malas maneras y se lo entregó a su compañero, que lo sujetó con fuerza entre las dos manos.

Una vez esposado se dejó conducir a través de la plaza hasta un coche negro que esperaba hacía tan sólo unos segundos en una calle aledaña. El personal siguió con la mirada a aquellos tres extraños durante un rato. Después, todo el mundo a lo suyo. No había pasado nada.

Antonio fue introducido en el vehículo como si de un preso se tratara; a empujones. Cuando el coche arrancó gracias a un tercer hombre de negro, el doctor Beretta se llevó una sorpresa: le cubrieron la cabeza con una bolsa de plástico, a la antigua usanza; a lo mafioso.

- ¿Dónde me llevan?

- Muchas gracias por su colaboración, Señor Antonio.

La bolsa impidió que el coche quedara perdido de sangre cuando le pegaron un silencioso tiro por debajo de la barbilla.

Epílogo

En 1972 el Padre Ernetti Pellegrino da a conocer en el diario “La doménica del corriere” una historia increíble sobre una máquina llamada “Cronovisor”, fácilmente disponible si se busca a través de Internet. Como pieza más importante, se muestra una fotografía de un primer plano de un Jesucristo sufriente, a punto de morir (también disponible en la red) que posteriormente resultó ser falsa, por ser una fotografía realizada a una escultura de un crucifijo de Collevallenza. También se habló de imágenes de sus discípulos e incluso de Napoleón. Las preguntas son:

1.- ¿Intentó Ernetti impedir que le asesinaran saliendo a la palestra y desvelando la historia de igual manera que Snowden o Assange en la actualidad?

2.- ¿Cuál fue la intención de colocar esa imagen falsa de Jesucristo como parte de una historia supuestamente real?

3.- ¿Fue la propia Iglesia Católica la que quiso intoxicar lo relatado por Ernetti?

4.- ¿Fue el propio Ernetti el que revolvió la verdad y la mentira a sabiendas para que todo quedara en entredicho?

5.- ¿O quiso realmente que se tomara como real una fotografía falsa para que sus experimentos cobraran publicidad, pensando que nunca se descubriría el engaño?

6.- ¿Existe actualmente un superordenador tal y como aparece descrito en el relato? ¿Es el CERN?

7.- ¿Qué pasó con la máquina, las fotos y la documentación?

Cuentan que Ernetti, antes de dar a conocer su aventura, envió una carta a Japón y otra a Suiza (¿¿dónde estaba el CERN??) con una información… digamos… suculenta.

Hay un sacerdote italiano, que habla alemán y que fundó un instituto de parapsicología en Innsbruck; el padre Andrea Resch. Él sabe por dónde volver a empezar… si es usted capaz de convencerle.

DeuVe
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Historia no contada sobre el CRONOVISOR
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