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 Los dioses de la muerte y sus reinos infernales

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Nemesis
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MensajeTema: Los dioses de la muerte y sus reinos infernales   Mar Ene 03 2017, 00:51

La muerte, convertida en un miedo irracional sobre lo desconocido, llega hasta nuestros días oculta bajo elementos fantásticos que se convierten en los antagonistas inmortales de la lucha entre el Bien y el Mal.
Una despiadada compañera de la que lo sabemos todo sin saber nada. Sabemos que va a llegar, pero no cuando; sabemos que está ahí, pero no dónde se esconde…
Al no poder huir de ella, el hombre inventó una manera de acercarse a ese ser a través de la fe, a través de los dioses, en la búsqueda de esa respuesta que todavía nos atormenta, ¿qué hay después de Ella?


Los dioses de la muerte en la cultura maya


El pueblo maya se caracterizaba por una gran religiosidad, donde descubrimos un complejo y dominante panteón que revela un pueblo de actividades esencialmente agrarias.
Hay que señalar el carácter ambivalente de sus divinidades, que pueden presentar un aspecto protector, seguidamente desmentido por un aspecto de terrible demonio. Esto significa que las relaciones de los dioses con los hombres dependía tanto del aspecto positivo como del aspecto negativo de un mismo principio, ilustrando con un ejemplo: la lluvia podía hacer crecer las plantas pero también puede ahogarlas por exceso. Así podemos encontrar representada esta dualidad en una pareja divina o encarnado en los perfiles contradictorios de una misma divinidad.


Las divinidades subterráneas mayas: Nueve Señores de la Noche, los llamados Nueve-Dioses (Bolontiku) presidían los diversos mundos subterráneos superpuestos.
En la época de las dinastías divinas, Osiris era el cuarto dios que reinaba en la tierra, el dios más querido de la Enéada de Heliópolis, cuyo culto se extendió por todo Egipto.
Según la leyenda, Osiris había vivido realmente en la tierra, entre los hombres. Ya que estos parecían necesitar un dios ‘más humano’ para tener éxito en la tarea de su educación. Así entre él y su esposa y hermana Isis enseñaron a los hombres a cultivar el grano, convertirlo en harina y a preparar el pan, estrujar la uva y convertirla en vino, enseñaron a fabricar la cerveza con cebada…
Ayudado Egipto a salir de la barbarie, Osiris se dispuso a civilizar el resto del mundo. Y a su regreso a Egipto, éste no encontró una justa recompensa, sino traición e ingratitud. Su hermano Shet, impío y cruel, urdió una conjura contra él.
Con ocasión de una fiesta, a la cual Osiris fue invitado, Shet hizo construir un arca maravillosamente tallada y adornada, con el tamaño perfecto de su hermano Osiris, ofreciendo esta arca a quien entrara en ella de modo perfecto. Cuando Osiris probó suerte, Shet y los conjuradores cerraron el arca herméticamente, convirtiéndola en ataúd, la cual fue arrojada al Nilo.
Isis vistió el luto después de la terrible noticia y comenzó a buscar el cuerpo del que fuera su esposo y hermano. El arca fue encontrada y escondida, pero Shet reconoció el arca y el cadáver de su hermano por lo que decidió cortarlo en catorce trozos que dispersó por todo Egipto. Isis consiguió encontrar trece de los catorce trozos, y cuando su hijo Horus llegó a la adolescencia, su padre Osiris, volvió de entre los muertos para enseñarle a luchar y que vengara su muerte matando a su tío Shet.
Conocemos muy bien la historia del dios Osiris, sin embargo no sabemos a ciencia cierta la historia de Anubis, la cual está enturbiada por varias teorías sobre su nacimiento.
Anubis es representado en la cultura egipcia como el ‘señor de la necrópolis’, el dios que custodia a los muertos y que se ocupa de su momificación, acto muy importante para esta cultura.
Su color negro guardaría relación con el aspecto funerario que le rodea, el cual, a su vez, simboliza la vida, y por tanto, la fertilidad y resurrección. Los chacales solían rondar los cementerios para alimentarse, de ahí esta representación personificada.
Anubis es uno de los dioses más antiguos de la mitología egipcia, aparecido en las paletas predinásticas de Nagada. En un principio fue el primer dios de los muertos, quedando relegado por Osiris después.
En los diferentes textos donde se nombra al dios, encontramos sus múltiples acciones: guiar al muerto al Más Allá, iluminándolos con la luna. Protector de los dioses embalsamadores, ya que él era el embalsamador de los dioses por haber ayudado a Isis a embalsamar el cuerpo de Osiris. Hay que tener en cuenta que las primeras momificaciones datan de la V dinastía. Hasta ese momento, solo los cadáveres de las castas superiores y de los faraones tenían el derecho a ser conservados para la eternidad.
Otra de sus tareas estaba destinada a pesar el corazón del muerto. A la llegada del momento de la muerte para la cultura egipcia, si el difunto había vivido de acuerdo con Maat (diosa de la Verdad, la Justicia y la Armonía), su vida estaría asegurada en el Más Allá; de no ser así le esperaría la aniquilación y el olvido. Para constatar que el corazón del difunto había actuado con justicia en vida, se pesaba delante de Maat y de Osiris. En uno de los platos de la balanza se ponía el corazón y en otro una pluma de avestruz que representaba a la diosa Maat. Si el corazón era justo, pesaría menos que la pluma; si no era así, Ammit aniquilaría al fallecido.






El nacimiento de este dios nos llega distorsionado en varias historias, como ya dije antes. No se sabe si nació de la unión adúltera entre Osiris y Neftis, a la cual confundió con su esposa Isis, o como hijo ilegítimo de Seth, quien decide asesinarle al enterarse de su nacimiento, pero Neftis entrega al niño a Isis, la hermana y esposa de Osiris. Y así cuando Seth mata a Osiris, Anubis ayudará a Isis a resucitar al dios.


Los dioses de la muerte en la cultura griega


Para los griegos, al principio todo era el Caos, confuso espacio ilimitado, inmensa mezcla de agua, fuego, rocas, aire… Luego nacieron Gea, la madre de todos los dioses y de todos los hombres; Eros, principio universal del amor, y el sombrío Tártaro.
Las divinidades comenzaron a ser representadas semejantes a los hombres, tanto en su aspecto, como en sus facultades mentales, volitivas y pasionales, pero inmortales y con poderío, y posibilidades enormemente superiores.
Lo único que no puede atribuírsele a los dioses es la omnipotencia: son concebidos ‘limitados’ por la Moira, que ha concretado su destino.


Los dioses del mundo subterráneo griego.


 


Entre los dioses olímpicos hallamos al tercer hermano de Zeus, a quien la suerte otorgó el dominio del mundo subterráneo y el reino de los muertos.
Llevaba la cabeza cubierta por un casco que tenía la propiedad de volver invisible al que lo portaba. Pocas veces subía desde su sombrío reino al Olimpo o a la tierra, y nadie le animaba a hacerlo; sin piedad, inexorable, pero justo, era un dios terrible, pero no maléfico. Su mujer era Perséfone, a quien extrajo de la Tierra para convertirla en reina de los Infiernos.
Este mundo subterráneo encuentra diversas localizaciones geográficas. La Ilíada lo sitúa en lugares profundos y escondidos de la Tierra; según la Odisea, el camino que a él conduce pasa por debajo de los confines de la Tierra y atraviesa el río Océano. Los poetas lo comunican con la Tierra por numerosos accesos situados en cavernas, grietas y lagos profundos.
El Tártaro y el Erebo son calificadas a veces como dos regiones del mundo subterráneo; la más profunda, Tártaro, es la prisión de los hijos de la Tierra, y al menos, Erebo, el lugar de paso que atraviesan las almas en el momento en que sobreviene la muerte. Pero muchas veces no existe distinción alguna entre ambas divisiones.
Los poetas comenzarán a hablar cada vez más y más sobre el imperio de los muertos, como un lugar donde los malos reciben su castigo y los buenos su recompensa. El poeta latino Virgilio desarrollará esta idea con todo lujo de detalles, como ningún otro poeta griego hizo. Virgilio es el único poeta que fijó con claridad la geografía de los Infiernos. Según él, se desciende por un sendero que conduce hasta donde el Aqueronte, río de la Aflición, se junta al Cócito, río de los Lamentos. Un anciano barquero inmortal, Caronte, recibe en su barca las almas de los muertos y las trasporta a la otra orilla, donde se abre la puerta que conduce al Tártaro. Caronte no permite que suban a su barca más que las almas de aquellos que llevan en su boca el óbolo o precio del pasaje, y cuyos cuerpos han recibido sepultura.
El guardián de la puerta del Infierno, el perro de tres cabezas llamado Cancerbero, con cola de dragón, dejaba entrar las almas, pero no las permitía salir jamás.




Las almas se presentaban ante tres jueces (Radamante, Eaco y Minos), quienes pronunciaban sentencia, enviando a los malos a los tormentos eternos, llevados a cabo por las furias, mujeres con cabeza de serpiente, cuya misión principal era perseguirlos por la tierra y los justos eran enviados a un lugar de delicias, los Campos Elíseos.
Además del Aqueronte y el Cócito, tres ríos más separaban el mundo subterráneo de la superficie de la Tierra: el Flegetonte, río cuyo cauce no transporta agua sino fuego, el Estige, río de los juramentos irrevocables, por el que juraban los dioses, y el Lete, el río del olvido.
Y muy importantes, pero sin residencia determinada divina o terrestre, las Moiras. Según Hesíodo eran las que repartían a los hombres, desde el instante de su nacimiento, todo lo bueno y lo malo que la vida les reservaba. Eran tres: Cloto, la hilandera, cuya rueca hila el hilo de la vida; Laquesis, dispensadora de la muerte, que asigna a cada uno su destino, y Atropos, la inflexible, que corta sin piedad el hilo de la vida.


Los dioses de la muerte etruscos


Las representaciones del Mas Allá se mantendrán intactas hasta el siglo V. Antes de este periodo, las tumbas eran auténticas moradas fúnebres. Hay en ellas abundancia, las pinturas murales evocan banquetes, fiestas, cacerías, conciertos y escenas de guerreros etruscos con aire altivo. Un clima de felicidad y victoria se revela en la elección de los colores vivos y las actitudes armoniosas de los personajes. Etruria aparece segura de sí misma y victoriosa, en la época de gran expansión etrusca.
A partir del siglo V todo cambia bruscamente, los colores se tornan sombríos, las representaciones siguen mostrándonos hombres, dioses y demonios que continúan entregándose a ciertos banquetes y algunas fiestas, pero sus actitudes carecen de libertad y espontaneidad. Los rostros se tornan inquietos, presos de un tormento secreto y una angustia que durará hasta la desaparición de la civilización etrusca. Ya que es en este siglo V cuando Etruria sufre sus primeros reveses: guerras contra Roma y los otros pueblos itálicos, derrotas en tierra y mar… El imperio etrusco agoniza. Y su agonía se revela en la representación cada vez más aterradora del infierno.






Los dioses del inframundo etrusco:


En este infierno etrusco reina un pueblo abigarrado de demonios y de duendes. Su número y sus nombres, como los de los dioses, varían según las ciudades y las épocas: en la tomba dei Sette Camini, Orvieto, vemos a Athrpa, una especie de parca de rostro crispado presidir un banquete fúnebre. En Volterra nos encontramos a Vanth, demonio femenino de aspecto inquietante. Vestida con una larga túnica de color ocre, luce dos alas y sostiene en sus manos el ‘Libro del Destino’ mientras asiste, impasible y muda a la agonía de los moribundos. Otros muchos demonios surgen, aquí y allá, en los frescos de las necrópolis toscanas, demonios feroces y cornudos, armados de palos que hacen sufrir a los muertos mil tormentos.
Pero el rostro de la muerte y el dueño y señor absoluto del reino de los muertos etruscos es Charun. Un hombre según las apariencias, un hombre muy feo, pero un hombre de todos modos. Su nariz es gruesa y ganchuda, sus orejas largas y puntiagudas, su cabello y su barba están descuidados, sus dientes son rechinantes. Se distingue de los hombres en las pinturas por el color, ya que suele estar pintado de azul oscuro.
El demonio Charun copia su nombre del famoso Caronte griego, aunque éste no tiene nada del apacible barquero de la laguna Estigia. El Charun etrusco se asemeja más al espantoso demonio que describe, en el sexto canto de la Eneida, el poeta latino de origen etrusco, Virgilio:


“Terribli squalore Charun, cui plurima mento
Caniteis inculta jacet, stant lumina flammae,
Sordidus ex humeris nodo dependet amictus”


(“Es Charum, demonio espantoso y repugnante Una larga barba blanca e hirsuta/ Le cae del mentón/ Sus ojos son dos brasas inmóviles/ Un sórdido trozo de tela, sujeto por un nudo/ Pende de su espalda”).
En los numerosos sarcófagos donde se representa a Charun, el demonio etrusco castiga, golpea, atormenta y hace sufrir a los muertos que acaba de recibir en su siniestro reino. Incluso existe un fresco que le representa arrancando a un hombre de los últimos abrazos de sus seres queridos y le asesta el golpe fatal. Charun también es representado seguido de una fauna en la que se mezclan esfinges, grifos, hipocampos, monstruos marinos, leones devoradores.
Y solo un demonio masculino de facciones regulares, del que la tradición etrusca no ha conservado nombre, arroja un poco de luz y da calor humano al reino tenebroso de Charun.
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