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 ¿Qué hacer para no estar triste?

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Nemesis
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MensajeTema: ¿Qué hacer para no estar triste?   ¿Qué hacer para no estar triste? Icon_minitimeLun Nov 17 2014, 16:24

La tristeza ¿qué dirías qué es la tristeza? Tal vez ausencia de alegría. ¿Puede una persona estar triste y alegre a la vez? Si me hubieras preguntado cuando era pequeña, te hubiese asegurado que era imposible. No obstante, conforme voy madurando, me doy cuenta de que las cosas no son buenas o malas, blancas o negras, posibles o imposibles… y, sobretodo, las cosas no son estáticas, eternas, inmutables. ¿Hablamos sobre ello?


La tristeza es una emoción y como tal puede ser motivo de nexo o unión entre dos o más personas. También puede suponer todo lo contrario: una misma tristeza puede abrir una brecha infranqueable entre personas que se adoran. Y todo ello es posible, considero, debido a lo maravilloso que es el mundo de las emociones, si consigues tener con ellas una relación fluida y sana. Todo ello es posible, considero, debido a lo maravillosa que son la empatía y su hermana conexión.


Tengo la impresión de que cuando una emoción no fluye dentro de ti, no es compartida tanto en tu mundo subconsciente como en el consciente, cuando no la dejas actuar de forma espontánea, realizar contigo el viaje que te lleve a la emoción siguiente… esta emoción, al no ir a su paso natural, al no recorrer su camino natural, termina por envolverte, enmarañándose en tu interior primero y contagiando tu exterior después.

Cuando tus emociones no son libres, me temo, en cierto modo te encadenan, te atan, te restan movilidad y capacidad de movimiento, acción… te restan, en definitiva, libertad. Libertad de actuar y, lamentablemente peor aún, libertad de sentir. Libertad de ser.

Rara vez, cuando sentimos una emoción positiva o plena nos da por frenarla. Sólo en momentos en los que no recordamos que sí merecemos ser felices, imagino. Que no lo recordamos con la intensidad que esa felicidad, ese bienestar vale.


Cuando nos sentimos mal nos entran las prisas, las preguntas. Sobretodo las prisas. Y el miedo. El miedo a dejarnos llevar por el dolor, la tristeza y cualquier otra emoción negativa.


Cuando nos sentimos mal, la gente de nuestro alrededor también se ve envuelta en sentimientos difíciles de torear: impotencia, tristeza, miedo, inseguridad… Tal vez nos aconsejen dejar de llorar, tal vez nos digan frases del tipo “no merece tus lágrimas” cuando alguien nos provoca profunda y lacrimal tristeza.


Tal vez por el miedo a perder el propio control, el nuestro, el de la situación, el no saber salir de esas emociones tan abrumadoras. Tomamos esa abrumación y la cerramos, si nos es posible, bajo siete llaves en lo más profundo de nuestros sentimientos. Tras los recuerdos más antiguos. Tras las lágrimas más secas.


Nos olvidamos de que, independientemente de lo que pudiera merecer o no ese alguien, desde luego que nosotros, además del dolor que ya estamos sufriendo, no merecemos acrecentarlo encerrando nuestra tristeza en un falso olvido que nos porta más dolor aún.


¿Si logras no llorar significa eso que estás menos triste? ¿Si consigues reír deja eso claro que tu tristeza se ha marchado? ¿Estás más triste simplemente por ser capaz de verter lágrimas? ¿No son maravillosas, las que surgen, en momentos mágicos en los que la felicidad ya no cabe en tus ojos?


Las emociones, los sentimientos y las diferentes formas en las que se hacen visibles, palpables, requieren de su tiempo y de su espacio. Justo como tú. Y, justo como tú también, requieren de su libertad.


Requieren de la espontaneidad necesaria para permitirse explorar dichas emociones, dejarlas fluir, navegar en ellas, sin más.


Requieren que te sientas lo suficientemente libre como para dejar de preocuparte por sentirte cobarde.


Requieren que te sientas lo suficientemente libre como para que deje de preocuparte sentir siquiera una pizca de debilidad.


Requieren que dejes un poquito tu mente en stand-by y te limites a vivir la experiencia, a permitir que tus sentimientos te lleven a la siguiente fase, a la siguiente estación, a la siguiente emoción.


¿Cómo dejar entonces de estar triste? ¿Hay que llorar hasta hartarse, saturarse de llorar? ¿Hay que encerrarse para que nadie note nuestra tristeza, contagiándosela además con nuestra ausencia? ¿Hay que forzar la risa? ¿Hay que lanzar el calendario y los recuerdos por la ventana? ¿Hay que permitir, por contra, que sea el tiempo que entre por esa ventana, trayéndonos el regalo de poder recordar de una forma menos dolorosa?


Diría que para dejar de estar triste hay que dejar de darle excesiva importancia a esa tristeza. Quiero decir: es una emoción más. Es lícita, es comprensible sentirla en diversas ocasiones en nuestras vidas. Permitir la existencia necesaria de la tristeza, no nos condena a ser personas eternamente tristes.


Diría que para dejar de estar triste hay que dejar de intentar racionalizar absolutamente todo lo que sentimos, qué ha sucedido, cómo y porqué. Los sentimientos no son maquinitas autómatas de una única función. Y nosotros tampoco.


Diría que para dejar de estar triste hay que usar esa misma tristeza para crear su antídoto.


Diría que hay que aceptar que es normal que haya venido a visitarnos si hemos tenido alguna experiencia desagradable o dolorosa.


Diría que para dejar de estar triste hay que sentirse libre para estar triste.


Diría que es preciso soltar esa tristeza, despegarla de nuestras entrañas, permitirle existir, tomarse un café con nosotros, tal vez quedarse unos días, para después permitirle salir fuera dejando así más espacio para que otras emociones vengan a nuestro encuentro, nos visiten y tal vez bailen con nosotros.


Diría que para dejar de estar triste, también hay que dejar de rebozarse en preguntas y en la tristeza misma.


Diría que hay que atreverse a sentir, tanto tristeza como alegría.


Diría que para dejar de estar triste, hay que entrenar los sentidos para no dejar de ver, como así existe, la alegría en tantos y tantos rincones.


Hay que sentirse libre para reír, por muy dura que sea la situación. Hay que sentirse libre para adoptar sensaciones que nos llenen de luz, de paz, de electricidad.


Y, sobretodo, hay que sentirse libre para vivir.


Es más: diría que hay que reforzar la idea de que merecemos este precioso regalo que es la vida. Merecemos tenerla y disfrutarla. Y ella, todo lo que la envuelve y la conforma merece, también, disfrutar con nosotros.

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