En la vida subimos y bajamos escaleras.
Sin embargo, hay una escalera que no se materializa hasta que tomamos la decisión de ascender.
Parece imposible, pero sólo hay que confiar para que primero aparezca el pasamanos.
Ante el gesto de levantar una mano, se crea un espacio del ancho de nuestro cuerpo, generando la medida adecuada para que pasemos con facilidad. Como en un sueño, el pasamanos vendrá a ubicarse exactamente debajo de una de nuestras manos.
Luego debemos levantar un pie, en un intento de subir que puede inhibir a los más descreídos, porque no se ve ningún escalón para sostenerlo.
Súbitamente, y de un modo misterioso, nuestro gesto construye la forma y el escalón aparece justo debajo del pie.
Ya tenemos el pasamanos y el primer escalón.
Un poco más de confianza y siguen ahora los demás escalones, siempre respondiendo al gesto de elevar un pie y hacer el intento de ascender.
La escalera está. Ya estaba. En realidad, siempre ha estado ahí. Es segura y firme. Puede sostenernos hasta que alcancemos la cumbre.
La condición para que se manifieste es que confiemos.
Al final del ascenso, asistiremos a nuestra coronación: el proceso de convertirnos en individuos concluye.
Esperemos que la recompensa sea la realización, acompañada de la vivencia de plenitud.