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 Cómo he fracasado y he tenido éxito saliendo de la zona de confort

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Guerrero de Luz
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Guerrero de Luz

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MensajeTema: Cómo he fracasado y he tenido éxito saliendo de la zona de confort   Dom Ene 24 2016, 23:47

Claves Del Artículo:






Hábitos85%0100
Fracaso70%0100
Paciencia80%0100


La famosa zona de confort de la que tanto se ha dicho, ¿verdad? Pero no es nada nuevo: los seres humanos somos animales de hábitos. Ya lo he contado en multitud de ocasiones: nuestro cerebro funciona por ahorro energético. Cuando creamos hábitos, lo que en realidad hacemos es crear circuitos neuronales en nuestro cerebro.
Es como aprender un camino para ir en coche. Al principio nos requiere gran concentración: aprender el camino, conocer los semáforos, los baches, los pasos de peatones, prestar la atención sobre dónde debemos girar, etc. Por eso es probable que no estemos escuchando la radio, mientras conducimos hacia un lugar nuevo o poco conocido (al menos es lo que suelo hacer yo, jeje).
En cambio, cuando ya nos suena el camino, lo realizamos en piloto automático, podemos charlar, escuchar música o noticias, mientras conducimos, porque lo hacemos sin darnos cuenta: ya se ha creado una ruta neuronal en nuestro cerebro que nos requiere muy poca energía transitar.
Todo esto tiene mucha relación con la famosa zona del confort: es la zona de nuestras rutas neuronales conocidas, la que no nos cuesta transitar, porque apenas requiere un gasto para nuestro cerebro.

3 Claves para salir de tu zona de confort


Entonces, ¿cuál es la clave para salir de nuestra zona de confort? En realidad la clave la proporciona el concepto de lo que entendemos por confort: convertir tu zona de confort en una zona mayor, más allá de la misma; o lo que es lo mismo: expandir tu zona de confort, como puedes ver en este vídeo que lo explica de una forma gráfica muy clara.





Y esto último se consigue creando hábitos: aprendiendo a hacer cosas nuevas y mantenerlas a lo largo del tiempo.
Algunos especialistas hablan de 21 días para fijar un hábito, pero en realidad todo depende de lo complicada o incómoda que sea esta nueva situación para ti.
Seguramente te ha pasado en numerosas ocasiones: sentías algo de incomodidad o inseguridad interna cada vez que empezabas un nuevo curso en el colegio, especialmente si te cambiaban de escuela; cuando comenzabas el instituto o universidad o un nuevo trabajo, etc. Al principio estabas lleno de dudas, incluso nervios, te preguntabas cómo te adaptarías... pero finalmente lo conseguías. Podías tardar más o menos, pero finalmente, te gustara aquello o no, acababas convirtiendo en tu zona de confort aquella experiencia.
Esta es la teoría o la práctica más extendida. Aunque no siempre es exactamente así.

1# Cómo fracasó uno de mis intentos de salir de mi zona de confort


Personalmente me he pasado la vida saliendo y entrando en la zona de confort. ¿Significa eso que soy una experta en ello? En absoluto. Como lo contaba en mi reciente artículo, el cambio me apasiona, pero me crea cierta ansiedad.
Recuerdo todavía mi primer trabajo en Alemania: una agencia de publicidad moderna y joven, donde todos eran más amigos que otra cosa. Fue el trabajo en el que menos cómoda me había sentido. Cada vez que tenía que levantarme para ir a trabajar, lo hacía llena de inseguridad y de miedos. Cuando me bajaba en la estación de metro correspondiente, en lugar de disfrutar y alegrarme de estar en una de las zonas más bonitas de la ciudad, iba contando los pasos hasta la puerta de la oficina, notando cómo me iba sintiendo más y más disgustada conforme avanzaba hasta aquel lugar.
Mi problema era que sentía que no encajaba ahí: era mi primer trabajo en el extranjero, rodeada de personas hablando un idioma que desconocía (alemán) y teniendo que conversar con ellos en otro idioma que no dominaba del todo (inglés). Realizaba un trabajo de prácticas teniendo 31 años, mal remunerado, porque sencillamente necesitaba un trabajo de lo que fuera para poder justificar mi estancia en Munich. Había dejado atrás un cómodo trabajo mileurista en Madrid, y no podía permitirme el lujo de no trabajar al cambiarme de país.
El cambio fue colosal para mí en aquel entonces. En los 6 meses que duraron aquellas prácticas, no llegué a sentirme cómoda en ningún momento. Y creo que ésta era la clave de que no debía seguir trabajando allí. Cuando me avisaron de que no iban a renovar mi contrato, respiré con alivio.


Salir de tu zona de confort no siempre es cuestión de tiempo. 
Hay veces que la incomodidad te está diciendo que ese no es tu lugar. Si han pasado demasiados días o meses y sigues sintiéndote mal en aquello que haces, replantéate tu situación y busca alguna solución al caso.



2# Cómo el peor trabajo que tuve nunca fue el mejor aprendizaje para salir de mi zona de confort


Otro ejemplo, contrario, que puedo plantear por aquí, se refiere al siguiente trabajo que tuve justo después de aquellas prácticas en las que me sentí tan incómoda.
A priori, se trataba de un trabajo aún más incómodo y todavía menos acorde a mis conocimientos, que sin embargo acepté, porque “no podía permitirme estar sin trabajar” (una gran creencia que se esfumó dos años después de mi vida). Se trataba de medir estanterías en supermercados de Munich y enviar posteriormente los resultados a una multinacional ubicada en Irlanda.
Dificultad: presentarme espontáneamente en un supermercado concreto, como representante de aquella firma irlandesa, y pedirles el permiso de poder medir estanterías de la tienda con el propósito de mejorar en un futuro los productos de la empresa en cuestión.
El problema era que desconfiaran de mí y despidieran con un "no" rotundo (cosa que sucedió en las primeras 4 tiendas que había visitado); que no me entendieran bien (tenía la dificultad añadida de tener que hacerlo en un pésimo alemán, con lo cual la confianza en mí bajaba en picado); por último: tenía que enfrentarme a mis propias creencias de que aquel trabajo estaba muy por debajo de mi nivel profesional.
Aun con todo, logré terminar aquel trabajo puntual durante el mes de febrero, saliendo cada mañana a la calle con hasta 15 grados bajo cero en Munich, y visitando de 5 a 7 supermercados al día, tras haber aprendido en casa la ruta en metro y a pié a aquellos establecimientos, recibiendo el "no" por respuesta en la mayoría de las ocasiones, alegrándome cuando me decían que sí y realizando ese "trabajo muy por debajo de mi nivel" con gran satisfacción personal.
Si el primer día lo pasé fatal y me daba muchísima vergüenza hacerlo, a las dos semanas ya era una experta en pedir hablar con el responsable de la tienda, en darle mis argumentos aprendidos en alemán para que me dejara realizar mi trabajo, llegando a hacerlo casi en piloto automático.
Aquel trabajo fue una de mis mayores salidas de mi zona de confort. Y creo personalmente que a pesar de mis creencias negativas con respecto a aquel trabajo, fue el empleo en el que más aprendí de mí misma, de mis propias limitaciones y de que ¡era capaz de expresarme en alemán!


Para salir de la zona de confort, aprovecha cada oportunidad para hacer aquello que más te incomoda
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Oblígate a salir de tu zona de confort de vez en cuando.
Ésta es la verdadera clave. Justamente lo que más miedo te da es lo que necesitas para crecer y avanzar en tu vida. Aprovecha cada oportunidad, por absurda que te parezca, para hacer aquello que más te incomoda: preguntar cómo llegar a un sitio, hablar sobre tu proyecto con alguien a quien acabas de conocer, participar dando a conocer tu opinión en una reunión o grupo de personas.


3# Insistir y no rendirse, pero también disfrutar del proceso


Como te contaba en mi vídeo de 50 cosas sobre mí, aprendí a montar en bici con más de 30 años, justamente en mi época alemana. Te podrás imaginar el miedo que pasaba cada vez que me subía a una bicicleta. Recuerdo que los primeros meses llegaba a casa con las manos totalmente sudadas, de lo fuerte que agarraba el manillar. Era una respuesta natural de mi cuerpo: sentía miedo, mis hormonas producían cortisol y estaba con tanta tensión que sudaba.
En Holanda además me tocó utilizar la bicicleta hasta para ir a hacer la compra. Y encima en una bicicleta diferente: de esas que frenas con los pies. La primera vez que me subí en ella, tras haberla comprado de segunda mano a un simpático holandés, casi me atropella un coche en pleno paso de zebra, porque no controlaba el freno con los pies. De esa misma bicicleta holandesa llegué a caerme en mitad de las vías de tranvía, cuando en una zona de obras, las ruedas del vehículo se incrustaron en los raíles. Fue hasta ahora mi primera y única caída. Aunque semanas después volvía a usar la misma bicicleta.
No ha sido hasta hace poco, cuando me mudé a otra ciudad holandesa y por fin conseguí una bicicleta decente (con un buen freno de mano y una altura razonable para mi estatura), que, tras meses de utilizarla, pude volver a casa sin esa sensación de miedo en el cuerpo, sin apretar ferozmente el manillar, pudiendo incluso llevar el vehículo con una sola mano.
Necesité mucho más que los 21 días establecidos, pero al final lo conseguí.


Salir de tu zona de confort puede llevarte más tiempo del planeado. Puedes querer tirar la toalla en mitad del proceso. Sólo tú sabes si es algo que realmente necesitas o no. Una de las claves en mi caso es preguntarme: ¿estoy disfrutando del proceso? Si es así, adelante. Si sufres cada vez que te toca hacerlo y ha pasado un tiempo razonable, es posible que no sea tu momento.



Mi segunda bici en Holanda de la que no llegué a caerme


En realidad, abandonar la zona de confort es una experiencia muy personal, aunque existan unas pautas generales. Persistir, aprender de la dificultad y del miedo, y sobre todo disfrutar del proceso son las claves que puedo compartir contigo, a través de mi experiencia personal y del coaching.
Seguramente tú también tienes mucho que contar sobre tus propias salidas de la zona de confort. ¿Cuál recuerdas de forma especial? Seguro que todos podemos aprender también de tu experiencia. ¿Nos lo cuentas en un comentario?
http://mariamikhailova.com/2015/09/28/como-he-fracasado-y-he-tenido-exito-saliendo-de-la-zona-de-confort/
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